viernes, 12 de diciembre de 2014

Santiago de Chuco, tercer tramo

"Madre, me voy mañana a Santiago,
a mojarme en tu bendición y en tu llanto.
Acomodando estoy mis desengaños y el
Rosado de llagas de mis falsos trajines..."




En Quiruvilca, luego de visitar Huamachuco, mamá subió conmigo a una camioneta que nos llevó a Santiago de Chuco... su tierra natal, nuestra tierra, la tierra de Vallejo... aun cuando mi madre es de un pueblo mucho más pequeño todavía y más alejado pero muy hermoso, el famoso Santuario de Calipuy, que por fin volvería a verlo ahora, conmigo...




Hacía un poco de frío, se acercaba el crepúsculo y nosotras nos acomodábamos para abrigarnos una a la otra en la parte trasera de la camioneta , teníamos confianza de que no nos resfriaríamos pues estábamos juntas y nos protegíamos... Veníamos absortas en nuestros recuerdos, amando el paisaje y tomando fotografías...

El paisaje a Santiago es tan bello como el de Huamachuco pues son una misma región... 




Venían tantos recuerdos a mi mente... Recuerdos de infancia, recuerdos de mi primer regreso a Santiago después de trece años de ausencia en 1983, recuerdos de mi segundo regreso con Luis Enrique mi hermano menor en 1998; y ahora, éste era mi tercer regreso con mi querida madre en este 2014; sin embargo, mis impresiones eran las mismas de bellas cuando era niña... Nada había cambiado... Nada... Incluso seguía el mismo olor a barro, a bosta de vaca, leña, humo... 
Santiago huele a leña humeante, a eucalipto, a barro...




Antes de que toda la familia nos trasladásemos de Huamachuco a Santiago de Chuco en 1966, vinimos aquí primero mi padre y yo para concretar el alquiler de su nueva oficina y nuestra nueva vivienda, aun cuando yo no podía comprender porque teníamos que trasladarnos si estábamos viviendo tan felices en Huamachuco...   




Cuando llegamos con mi padre a Santiago de Chuco fue un golpe casi mortal para mí... El pueblo era más pequeño que Huamachuco, su Plaza de Armas también era más pequeña, todo lo veía más pequeño y feo... No había los pinos altos ni el olor de sus hojas fragantes, no habían los cerros Sasón y Cacañan, no había el Agua de los Pajaritos... En resumen, sentía a Santiago casi lúgubre, oscuro y frío... pues para colmo, habíamos llegado en época de fuertes lluvias... Recuerdo que le pedí llorando a mi padre que no nos trajese de Huamachuco, él hizo todo lo posible para que yo comprendiera que por su trabajo lo habían cambiado, ahora él trabajaría aquí... en Santiago de Chuco, la tierra natal del inmortal César Vallejo... pero ni aún eso me consolaba... Sin saber que también era la tierra natal de mi amada madre.

Ya no recuerdo cómo fue el traslado, cómo fue que empacamos todo y nos vinimos. Sólo recuerdo que yo estaba muy triste, inconforme, rebelde y sufría mucho...




Extrañaba terriblemente a Huamachuco... Lloraba mucho por las noches, sola con mis recuerdos y sueños... La llegada de la noche era la mejor parte del día para mí, porque podía entregarme a recordar mi amado pueblo, mi casa, mi gente, mi río, mis campos, mis árboles, mis cerros... Todo lo recordaba... recorría cada rincón de Huamachuco en meditación, cada calle, cada árbol, cada casa, cada familia, cada rostro, cada nombre... y los inmortalizaba en mi corazón... Es gracias a estos recuerdos impresos en mi memoria que ahora puedo plasmarlos con agradecimiento en este blog, y así aligerar mi equipaje y el de mi querida madre para continuar con nuestro Gran Viaje hacia la Morada Suprema.

Tenía apenas 8 años y ya sentía que la vida había sido muy cruel con nosotros al separarnos de nuestro Huamachuco querido, porque yo sentía que mi madre, Mery, Silvia y Edith también sufrían esta distancia; incluso mis hermanos menores aún siendo muy pequeños; y también mi padre, aunque él, acostumbrado a su vida errante, sólo nos consolaba diciéndonos: "Ya se acostumbrarán"... Pero yo no quería acostumbrarme... 

A veces con mi madre recordábamos nuestra estancia en Huamachuco, me sorprendía su excelente memoria para recordar nombres, hechos; al igual que mis hermanas, todos nos manteníamos luchando contra el olvido que camina con el tiempo, lo que me hacía recordar más fuerte y doblemente...




Efectivamente, siendo el hombre un ser de costumbres, poco a poco terminamos acostumbrándonos a vivir en Santiago de Chuco. Todo mi anhelo, añoranza y amor por Huamachuco se volcó con mayor fuerza a este nuevo paraje de mi vida: Santiago de Chuco, aunque nunca dejé de recordar a Huamachuco, ni dejé de amarlo.... Pero fui adaptándome a estos nuevos caminos con la paciencia de mis padres, de mi profesora la señorita Petita Santa María, de mis compañeras de clase, de los vecinos, de la gente amable del lugar...

A mi hermana Edith y a mí nos matricularon en la Escuela No. 284... Casi igual que la de Huamachuco, donde era No. 274... En esta escuelita cursé el cuarto y quinto de primaria (1966 y 1967). Cómo vienen a mi memoria aquellos aromas de la leche caliente y del trigol que tomábamos allí, en mi escuelita No. 274 de Huamachuco... Cómo me gustaba presenciar los grandes peroles donde las mismas profesoras hervían la leche sobre la cocina de leña. En una de las paredes de nuestra aula teníamos un perchero donde colgaban nuestros jarros enumerados, para recibir este refrigerio tan esperado...

A Silvia la matricularon en el Colegio femenido "Libertad" y a Mery en el Colegio mixto "César Vallejo", en el área de Ciencias, en aquél tiempo habían dos áreas en ese colegio: Ciencias y Letras.

A los pocos meses de haber estado viviendo en Santiago, mi padre tuvo que volver a Huamachuco, por supuesto que de nuevo le exigí que me llevara, pues yo tenía que volver allá viva o muerta; felizmente mi padre accedió y nos llevó a Víctor (el mayor de los varoncitos) y a mí. Nos hospedamos en el hotel de la señorita Zarela Torres... luego, fuimos a la hacienda Yanasara a visitar al compadre Panchito Pinillos, quien sería el padrino de bautizo de Víctor. Así fue que todas mis expectativas se vieron colmadas con ese retorno... Imprimí en mi corazón todo detalle que había dejado pasar desapercibido, para encontrarme lista y poder separarme definitivamente de esta maravillosa tierra que nos había acogido, y a mí me había amamantado...

Yo me sentía compañera inseparable de mi padre... lo amaba mucho y también lo admiraba... Él "cargaba" conmigo por donde quiera que le tocaba hacer sus diligencias, aun siendo yo muy pequeña. Ya me había llevado a la hacienda Yanasara, a la laguna de Sausacocha, a Santiago de Chuco antes de trasladarnos del todo, y también había vuelto con él a Huamachuco en aquella ocasión.

Una vez en Huamachuco, mi padre querido me llevó a una de sus comisiones, fue un viaje más o menos largo; él tenía que hacer el inventario de unas tierras en juicio. Cuando llegamos al lugar de los hechos (un gran patio, corral o canchón) lo encontramos totalmente cerrado, no había nadie, ni por donde entrar para hacer el tal inventario, y no podíamos regresar con las manos vacías. Entonces, en vista de que mi padre no podía trepar semejante tapia tan alta, me subió sobre sus hombros para que yo lo hiciera y me sentara en la cima de aquella cerca, sin temor alguno de caer pues él estaba allí abajo protegiéndome... "¿Qué ves adentro?", me preguntó mi padre... "Veo algunas vacas, gallinas, ovejas, maderas, palos, peroles...", le contesté. "¡Perfecto!", exclamó él, "Entonces vamos a hacer el inventario". Así fui dictándole la cantidad de animales y cosas que había en aquel corral, y él iba anotándolas en su libreta... Me sentí tan feliz de haberle sido útil a mi padre, sobre todo de que él hubiera confiado en mí cuando apenas tenía sólo seis años. De esta forma él me alentaba, solía decir que yo era muy inteligente cuando resolvía con mucha facilidad y rapidez los problemas de matemáticas que él me dictaba.




Cuando volví a Santiago después de trece años de ausencia, en 1983, le pedí al chofer del "Agreda" que me dejara por esta zona, antes de llegar a Las Guitarras, pues quería entrar a Santiago a pie, no quería perder ni un solo segundo para contemplar aquel paisaje que contemplaron mis ojos de niña... Por supuesto caminaba ahogada en llanto... Mi Santiago... Mi Santiago querido... cuánto te extrañé, cuánto te extrañé...

Allí estaba Las Guitarras, la salida de Santiago a donde veníamos incontables veces. Venir aquí era nuestro pasatiempo favorito, junto a la Piedra Bruja, el Infiernillo, la Pamplona, el río Patarata... En ese tiempo también venían a Las Guitarras algunos estudiantes a estudiar muy temprano por la mañana, generalmente en época de exámenes, entre ellas mi hermana Mery y yo, pues me gustaba salir con ella. Mucho recuerdo cuando con una amiga suya, no recuerdo su nombre, se tomaban la lección... "¿Qué es la Biblia? La Biblia es la palabra de Dios escrita". También aquella vez mi hermana se preguntaba con su amiga, cuál sería la mejor hora del día para estudiar, si muy temprano por la mañana o más tarde por las noches... porque ellas hacían ambas cosas sin saber qué era lo mejor...

Con el pasar del tiempo encontré esta respuesta en mis estudios de Yoga: "El momento más auspicioso del día es antes del amanecer, donde uno sintoniza su Ser con el Universo y el Creador Supremo. El gran incremento de energía que ocurre a esa hora renueva por completo la sangre de todos los seres vivos, y por tanto, se renuevan sus estados fisiológicos y anímicos. Es ideal para las prácticas espirituales y trabajos intelectuales".




Hoy en Las Guitarras hay toda una obra de arte dedicada a César Abraham Vallejo, nuestro insigne poeta. 

En estos últimos meses hemos recitado mucho con mi madre "Los Heraldos Negros". Mi madre decía que todo buen santiaguino debe conocer de memoria siquiera un poema de César Vallejo, nosotras sabíamos éste y un par de poemas más...




Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! 
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, 
la resaca de todo lo sufrido 
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras 
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. 
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas; 
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.




Son las caídas hondas de los Cristos del alma 
de alguna fe adorable que el Destino blasfema. 
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones 
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos, como 
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; 
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido 
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!




César Vallejo y Georgette, su esposa.




Esta vez, todo esto ha sido nuevo para mí... la estatua de César Vallejo, este puente peatonal, la gran alameda adornada de flores y bancas...




Por supuesto, el primer cambio que encontramos viniendo de Trujillo a estas provincias, es que ambas carreteras están asfaltadas. Hoy un viaje de Trujillo a Huamachuco o a Santiago se hace en casi 5 horas promedio, lo que antes se hacía en más de 8 horas.




Al día siguiente visitaríamos a la Piedra Bruja, bajaríamos al Infiernillo, luego a la Pamplona, remojaríamos nuestros pies en el río Patarata, rememoraríamos la hermosa finca del Señor Rosado y su esposa Estefanía, a dónde íbamos los fines de semana toda la familia a pasar un hermoso día de campo. Mi madre con doña Estefanía y otras comadres preparaban el almuerzo, mi padre con el Señor Rosado y otros compadres tomaban cerveza y conversaban de política, una empleada cuidaba de los más pequeños, mientras que mis hermanas con sus amigos y yo íbamos a pasear por La Piedra Bruja, el Infiernillo, la Pamplona, el río Patarata, de donde traíamos los exquisitos berros para hacer las ensaladas... Caminar por el campo era nuestro entretenimiento favorito, habíamos traído esta costumbre de Huamachuco.




Desde esta alameda se puede apreciar a lo lejos las famosas cuevas de Chiminiga del cerro Huacapongo, a donde también subíamos de chicos jugando a las expediciones en busca de restos y tesoros de los incas.

Desde esta alameda también se puede contemplar los más variados paisajes y caminos que nos llevan a los más hermosos caseríos de Santiago: Huayatán, Pueblo Nuevo, Conra, Suruvara, Uningambal, entre otros.




Por uno de esos caminos acompañé una vez a mi hermana Mery a Suruvara, donde estaba reemplazando a una profesora de la escuelita primaria por unas cuantas semanas. Fuimos a pie con el padre Antonio Nicolau Truyol, fue una larga y hermosa caminata... Mery y el padre iban conversando todo el tiempo, mientras yo iba contemplando el paisaje a mi regalado gusto... A veces los tres cantábamos los hits del momento: "La Plañidera", "La tierra, la tierra", ambas de Raúl Vásquez; y otras canciones como "Isla de Mallorca", que el padre había traído de España, su tierra... También cantábamos otras canciones de otros cantantes, para luego comentar juntos sus letras y composiciones... Durante muchos años yo canté esta canción que aquel día ese querido amigo me enseñó:

¡Oh, Señor! mueve mi alma
¡Oh, Señor! mueve mi alma
¡Oh, Señor! mueve mi alma
¡Oh, hazlo Señor!
Tan fuerte que me sacuda, tan suave que me consuele
Tan hondo que ame la vida
¡Oh, hazlo Señor!




Cuando llegamos a Suruvara, el párraco se fue a casa del gobernador luego de dejarnos a mi hermana y a mí en donde ella se hospedaba. Al día siguiente, Mery me llevó a la escuela donde fui su alumna junto con los demás niños. Aquella fue toda una oportunidad para conocer más de cerca a aquellos niños tímidos y humildes que se corrían de mí... Lo que más me llamó la atención fue que esos niños venían de muy lejos a estudiar, trayendo en su alforja casi nada de almuerzo, sólo un poco de cancha y queso... Pero lo que más, más me llamó la atención fue cuando uno de esos niños por fin rompió el hielo y me preguntó curioso e inocente: "¿Verdad que en Santiago hay luz?", "Si", le respondí... "Y, ¿cómo es la luz?"... Quedé muda e inmóvil de asombro ante este hecho inesperado... Aquellos niños no conocían la luz eléctrica, aquellos caseríos se iluminaban sólo a la luz de una vela o de la Luna dorada... Yo, ni en sueños había imaginado esta triste o afortunada realidad... Luego de unos días nos regresamos con mi hermana a Santiago, de nuevo a pie, pero esta vez sin el joven cura que tan amenamente nos había escoltado ;)




En 1983, cuando llegué aquí, conseguí afortunadamente un trabajo en el Ministerio de Agricultura pues quería quedarme en Santiago por un buen tiempo. No hubo nada más hermoso que aquel contrato por tres meses para revivir toda mi infancia en éste mi querido pueblo. Aquella vez me hospedé en casa de mi tío Carlos Pereda quien vivía en ese tiempo solo, pues el resto de su familia se había trasladado a Trujillo y Lima, como la mayoría de las familias...

Mi estadía fue sencillamente mágica... Todos los días después del trabajo recorría las calles de Santiago rememorando mi infancia, guardando una vez más en mi corazón, el olor del humo que despedían aquellas cocinas de barro y leña, y el aroma del tranquilo pastar de las vacas. Y cuando tenía que salir de comisión me iba encantada a caballo a recorrer los caseríos lejanos. Aun cuando no llegué a Calipuy en aquella oportunidad, yo estuve muy agradecida con este pueblo, mi pueblo, por permitirme abrazarme a sus pies.

Lo ingrato de aquel tiempo fue que aquella oficina del Ministerio de Agricultura, se mostraba muy lenta para cumplir sus promesas a los pobladores que tan esperanzados venían a solicitar ayuda. Parecía que de nada servirían los proyectos que hacíamos tan urgentemente luego de visitar los caseríos, parecía que los canales de regadío, las carreteras, las postas de salud y las escuelas sólo quedarían en promesas y papel. O tal vez sería que yo era quien no se ajustaba a la realidad del tiempo... A veces también me preguntaba a mí misma si no sería mejor dejar las cosas tal como estaban ¿Acaso era mejor hacer una escuela de ladrillo y cemento en lugar de una de adobe? ¿Acaso era mejor asfaltar una carretera que dejarla trocha por donde transiten cómodamente los caballos y las vacas? ¿Acaso era mejor electrificar los pueblos y privarlos del encanto de la Luna llena? Sentía tantas contradicciones en mi corazón, que mientras mi boca aceptaba el "progreso", el resto de mi ser se resistía, prefería el barro, las tejas, los adobes, los caminos de tierra húmeda, prefería las velas, la Luna espléndida, el Sol radiante, los campos frescos, los animales y plantas, los ríos... prefería a nuestra Madre Tierra tal cual, tal como era...




Esta foto es entrando a Santiago de Chuco, tratando de abarcar toda la ciudad. Al fondo puede apreciarse su gran Coliseo multiusos.

A mi padre también le gustaba llevarnos a las corridas de toros durante las fiestas patronales. Una vez mi hermana Mery fue vestida de manola, como toda una española con peineta, velo y abanico, lucía muy hermosa... 

Cuando uno crece entre las costumbres tradicionales de un pueblo, difícilmente puede discernir entre el bien y el mal... Nunca supe lo malo que era matar a esos toros inofensivos durante una absurda corrida para divertir a la gente, hasta que lo leí en un libro de David H. Lawrence, "La Serpiente Emplumada". Entonces yo tenía 15 años y ya vivíamos en Arequipa cuando comprendí que esta era una costumbre inaceptable y debíamos abandonarla.




Las hermosas calles de mi Santiago querido, con sus casas de adobe y eucalipto... Aún cuando han pasado más de 30 años, no hay mucho cambio como el que ha habido en Huamachuco... Todavía se conservan sus viejas casonas de tipo colonial. 

Este fue el impacto más grande que viví cuando regresé a Santiago después de 13 años de ausencia... Nada había cambiado, todo seguía igual que cuando nos fuimos al Sur, a Arequipa... Los portones, las puertas, ventanas, balcones, paredes, zócalos, techos... todo se había mantenido como si el tiempo no hubiera pasado por allí... Como si estas viejas casonas hubieran estado esperándome para otorgarme esta inolvidable experiencia... El paso del tiempo no transcurre igual para las personas, plantas, animales ni casas... Las casas casi no envejecen a comparación de nuestros rostros...




Caminaba llorando por estas primeras calles de Santiago... Me detenía en las puertas recordando a sus dueños y saludando a quienes encontraba aunque no me reconocieran... Toda mi infancia se hizo presente en este retroceder por el tiempo... Sí, eso fue, fue como si hubiera ingresado en la máquina del tiempo y ésta me hubiera trasladado 13 años atrás, a mi infancia, cuando era niña; incluso mi conciencia era la misma aunque mi cuerpo había cambiado, ahora había vuelto en el cuerpo de una joven... cuando por fin había terminado mis estudios de Arquitectura en la UNSA, Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa.




De pronto distinguí a mi querido colegio "Libertad" en donde inicié mis estudios secundarios, primero y segundo de media (1968 y 1969)... Aquí podemos apreciar los balcones de dos de sus aulas en el segundo piso,.. Entonces emergieron en mi mente nombres que casi los tenía olvidado... Nombres de algunas de mis compañeras de clase... Creo que la siguiente foto es la única que nos tomamos en ese tiempo, un día cualquiera al salir del colegio... No sé quien nos tomó esta bellísisima foto, ni qué nos motivó a registrar este maravilloso momento.




Catalina, Nícida, Jacobita, Jovita, Carmen y yo... en la Plaza de Armas de Santiago de Chuco, un 13 de Diciembre de 1968.

Otros nombres que recuerdo son el de Edith Aponte Benites; Silvia Miñano Escobedo; Rosa Esquivel, con quien competía el primer puesto de nuestra clase; Elsa Flores, hermana de Oscar Flores, profesor de mi hermana Mery en el colegio "César Vallejo"; Carmen Montoro; Carmen Miñano, con quien estuve peleada durante casi un año, no nos hablábamos, hasta que un día, toda la muchachada nos acercó a empujones en la hora del recreo para que nos abrazáramos y amistáramos, jijijiji... Mis primas: Gladys Escobedo Felipe y Haydé Pereda Vejarano estudiaban en una clase menor que yo.

Las amigas de mi hermana Silvia eran: Nancy Ciudad y Mirtha Salvatierra, también recuerdo a María Antonieta Vallejo con quien mi hermana se disputaba el primer puesto... jajajajajajajajaja, las profesoras se encontraban siempre en un gran dilema, porque la una era la hija del señor Sub-prefecto de la provincia y la otra era nada más ni nada menos que la sobrina del inmortal poeta, jajajajajajaja...

Y en cuanto a nuestras profesoras recuerdo rostros, pocos nombres, como el de nuestra directora, la señora Elsa Miñano, también recuerdo a la señorita Esther Enriquez, a la señorita María Isabel Uceda quien se casó con el ingeniero Ronald...




Camino hacia la Plaza de Armas o centro de Santiago... 




Es recién que puedo tomar fotos para guardarlas en este blog. Incluso podía haber tomado más fotos, muchas más, de cada casa, de cada familia, de cada barrio, rostro, vaca, árbol... pero no, no sólo porque las cámaras digitales también son limitadas (cuando no falta espacio, falta batería o al revés), ni porque resultaría copioso presentar un número ilimitado de fotografías... sino porque la mayoría de casas han sido mancilladas con una indiscriminada propaganda política debido a las últimas elecciones municipales; y algo triste también... muchas casas han cambiado sus puertas y ventanas que antes eran de madera, por unas nuevas de fierro :(




Estos son los portones típicos de las casas coloniales venidas del Mediterráneo. Conformados por una puerta pequeña por donde pasa el usuario, y dos hojas grandes que se abren de par en par para dar paso al usuario montado a caballo.

En ese entonces, todas las casas mantenían sus portones abiertos, mostrando su zaguán y su bello jardín de flores en el centro del patio principal, lo cual era símbolo de solidaridad, generosidad, confianza; y la gente a su vez, era muy respetuosa y honesta.




Antes de llegar a esta casa del señor Pablo Alcántara (la de la derecha), me detuve en la esquina para contemplar la casa del señor Raúl Vásquez. Cuando esa puerta verde de su tienda estaba intacta... (ahora ya no existe esa puerta, la casa está completamente derruida, por eso no he podido tomar foto alguna). Cuántas veces fui allí a comprar algo o a visitar a mi querido amigo de infancia, mi vecino: Maydo Vásquez Rosado, quien era tres años mayor que yo. Me acerqué a esa bella puerta y la abracé, lloré... No podía creer que todo se hubiera conservado tal cual. Cuánto amé a Maydo con mi corazón de niña, conservando en mi memoria sus bellos ojos grandes, y las cosas hermosas que me dijo en una pequeña carta que me entregó a escondidas... Maydo me enseñaba a manejar su carro de rodillos, a hacer girar mi trompo, a embocar mi boliche, a jugar el yo-yo, a hacer origami, a hacer los famosos cocos con hilo, un coco, dos cocos, tres, cuatro, cinco... y muchas cosas más... También yo le enseñaba a jugar a los yaquis... Aún puedo hacer girar el trompo, hacer algunos cocos y hacer la espectacular cajita en origami, todo eso les he venido enseñando a mis sobrinos aunque no se muestren muy interesados como lo estábamos nosotros en ese tiempo. Así recordé a Maydo... pero no lo encontré...

Cuando continué mi camino, vi en la esquina opuesta a su hermana Aleja y a Barbarita Castro, una amiga de mi hermana Mery (quien está en la siguiente foto, en medio de mi hermana Mery y otra amiga). Ellas me vieron llorar cuando abrazaba la querida puerta de su tienda, al mismo tiempo que se preguntaban extrañadas quién era yo y por qué actuaba así. Cuándo les dije mi nombre, por supuesto que comprendieron mi emoción. Para ellas y para toda la gente que iba encontrando, debí pasar como un caso especial de excentrismo.


Entonces con Aleja y Barbarita nos pusimos al tanto de nuestras familias. Aleja me contó que hace mucho la familia Vásquez se había trasladado a Trujillo, donde Maydo se encontraba estudiando Medicina, sólo ella se había quedado en Santiago con su familia. Pero esta tercera vez que yo regresaba ya no estaba Aleja ni Barbarita... 

Luego pasé a visitar la casa del señor Pablo Alcántara Vallejo, la primera casa donde vivimos aquí en Santiago, y fuimos muy pero muy felices...




Esta es la casa, ahora hay una inscripción que la distingue y la convierte en patrimonio del pueblo. A comparación de otras casas, ésta está muy bien conservada tanto en su exterior como interior.




A veces ingresábamos a nuestra vivienda por el portón principal, pero generalmente lo hacíamos por la tercera puerta, más pequeña, subiendo por las escaleras al segundo piso donde quedaba nuestra sala y dormitorios; para luego bajar por otra escalera interna al patio, a nuestro comedor y cocina. La segunda puerta de esta fachada era la Sub-prefectura, la oficina de mi padre. Viendo desde afuera, mi padre había alquilado el ala derecha de la casa, primer y segundo piso. En el segundo piso pueden verse dos balcones, uno era del dormitorio de mis padres y el otro de la sala, y la tercera ventanita era de la despensa.




Ingresando por el portón al primer piso... 

La puerta de la izquierda también daba a la oficina de mi padre, cuando no había gente en su oficina, entrábamos corriendo a casa por aquí, y también mi padre venía por aquí al comedor a tomar su cafecito de media mañana o media tarde.




Al lado izquierdo, ocupando el espacio debajo de las escaleras, mi padre había ubicado nuestra cocina y comedor. Hasta ahora se conserva intacto el piso de color rojo y el color de las maderas. También subíamos al segundo piso, a nuestros dormitorios por estas escaleras internas que empezaban en el patio, muy cerca del zaguán.




Nuestra cocina-comedor en esa bella terracita del primer piso era un lugar muy cálido y acogedor. A todos nos encantaba que este ambiente fuera abierto, protegido sólo por una cortina que la corríamos cuando llovía y que mi madre la descorría cuando había Sol.

En ese tiempo los pilares del primer piso no estaban forrados con calaminas como ahora, que intentan protegerlos de las lluvias y el Sol.




Por supuesto que hoy en día hay algunas modificaciones en la casa como aquellas dos puertas que ahora son servicios higiénicos, tanto en el primer como en el segundo piso; pero allí era nuestra cocina y comedor.

La belleza y amplitud de esta casa hizo que muy pronto yo me habituara a sus espacios y no sufriera más por Huamachuco, después de todo, allá nuestros cuartos habían sido más pequeños.




Y nosotros aquí jugábamos en todo este gran patio, con sus piedras, su pasto, sus flores... ¡Habían tantas flores! Habían muchas Hortencias que me hacían recordar a mi querido Huamachuco... Jugábamos de todo, a las tiendas, a las comadres, a las escondidas, a la rayuela, a hacer girar el trompo y tantos juegos que aprendíamos e inventábamos de niños... Si jugábamos con Silvia, jugábamos a la profesora, entonces ella era nuestra profesora y nosotros sus alumnos, así también estudiábamos... 




Este era nuestro patio, todo nuestro, sólo vivíamos nosotros y el señor Alcántara en esta gran casona, aun cuando él vivía solo, a veces lo acompañaban algunos empleados que se ocupaban de su tienda y de su fábrica de velas. El resto de su familia vivía en Trujillo.




Las otras habitaciones de la gran casa se mantenían cerradas todo el tiempo; y a pesar de que para nosotros eran suficiente las habitaciones que ocupábamos, yo me sentía inconforme de que no ocupáramos toda la casa pues yo quería un cuarto para mí sola, también quería ingresar a todas las habitaciones para jugar en ellas; pero sobre todo, quería conocer toda la casa...




Estas son las escaleras del patio por las que subíamos a la sala y dormitorios. En dos ocasiones mi padre cayó rodando por ellas hasta darse muy duro en el piso, quedando obviamente, muy adolorido; y por tanto decidido a cambiarnos de casa. Así fue que después nos trasladamos a la casa de la familia Calonge.




En el segundo piso, ingresábamos a nuestra sala por aquella primera puerta del fondo a la derecha. Ésta era una habitación muy grande, por lo que mi padre la había dividido en dos con una cortina corrediza, sala y dormitorio... Entonces, ingresábamos primero a la sala, que estaba equipada con muebles estilo Luis XVI, y en la pared principal colgaba un hermoso cuadro de mis padres que habíamos traído de Huamachuco, se trataba de una bella pintura muy bien hecha; luego, pasábamos a nuestro dormitorio donde habían tres camas, dos de mis hermanas mayores, y otra donde yo dormía con mi hermana menor Edith. Luego, pasando nuestro dormitorio estaba el dormitorio de mis padres y hermanos menores; a este dormitorio daba esta segunda puerta de la derecha, la cual se mantenía clausurada mientras residíamos allí.

Ingresando a nuestra sala, a la izquierda había un pequeño cuarto al cual llamábamos "la despensa". Allí mi padre había ordenado en sus estantes su preciada biblioteca, y nos había designado a nosotras tres mayores un lugar a cada una, para ubicar nuestros respectivos libros y cuadernos. Yo soñaba con que este pequeño rincón fuese completamente mío... :)

Cierta vez, mi padre le regaló a Víctor, el mayor de mis hermanos varones, un lindo dije de plata. Se trataba de una réplica de la copa mundial de fútbol en miniatura, muy bien trabajada, pero que éste hermano mío no quería prestar a nadie, ni así le rogásemos. Una tarde, estando los dos solos en nuestra sala, logré arrebatársela para contemplarla; y pues, el niño pegó un grito al cielo tan fuerte, que mi padre saltó de su oficina al patio para preguntar qué había pasado. El pequeño Víctor gritaba hasta más no poder, entonces yo, asustada le devolví su juguete para que se calmara, pero en lugar de ello, el mimado niño se puso más furioso aún, tiró el dije al piso y lo machacó cuanto pudo con su diminuto pie. Al ver su juguete hecho trizas se desesperó más aún, llorando y gritando hasta más no poder... Entonces, sentí a mi padre subir por las escaleras del patio; y yo, decidida a no ser castigada, bajé corriendo por las otras escaleras que conducían de la sala a la calle, dando directamente a la puerta pequeña, al lado de la Sub-prefectura. Ya en la esquina respiré algo aliviada de semejante susto, cuando de pronto vi a mi padre muy enojado venir hacia mí, yo no lo pensé dos veces, ¡tenía que huir! Corrí tomando la calle Bolívar hacia el río Patarata, y escuché a mi padre decirles a mis amigos de barrio, "¡Vayan tras ella y tráiganmela! ¡Les daré una buena propina!" Con esta orden todos ellos se vinieron tras mío como locos para atraparme, gritándome que parara... Pero yo no me detuve, corrí y corrí siempre hacia el río Patarata en busca de refugio. Obviamente, los niños no lograron alcanzarme... Yo había volado como un ciclón por aquellos parajes que conocía de memoria... Cuando estuve más segura, me senté muy cerca del río, en uno de sus bosques para descansar y analizar lo sucedido... "Yo sólo había querido contemplar esa chuchería..., no se la iba a quitar..." Creo que esta fue la primera vez en mi vida en que pensé no volver más a casa... me sentía tan bien en el bosque, entre las piedras, vacas, pájaros, musgos, mariposas y flores silvestres... que me puse a jugar con ellos hasta que llegó la tarde y el hambre... Cuando volví a casa, la tormenta ya había pasado, cada uno estaba tan absorto en sus ocupaciones de siempre, que ni cuenta se habían dado de mi ausencia y al parecer el asunto había quedado en el olvido. 

Luego supe que mis amigos cansados de tanto correr y buscarme por una traidora propina, se habían cansado y regresado a sus casas para esconderse de mi padre, completamente avergonzados de su fracaso, jajajjajajajajaja... Maydo me dijo después: "¡Qué manera de correr la tuya! ¡Volaste! ¡Desapareciste como un ciclón! ¿Por dónde fuiste? ¿Dónde te escondiste?"... A lo que yo le respondí algo molesta: "Qué pena, te quedaste sin propina". Maydo me contestó: "Yo no quería ninguna propina, sólo quería saber que había pasado"... Entonces se terminó mi disgusto, le conté lo sucedido y nos reímos mucho de la persecución... 




En el segundo piso habían otras escaleras que llevaban al tercer piso, muy rara vez explorábamos por allí porque sabíamos que era terreno ajeno...




Pero esta era nuestra visión de todos los días... toda la casa... En el primer piso quedaba la sala principal del señor Alcántara, con sus dos grandes ventanas. Allí festejaron mis padres los 15 años de mi hermana Mery. Fue una gran fiesta, con orquesta, torta de varios pisos, chancho al horno, bebidas... Vino mucha gente, todo Santiago fue invitado... Recuerdo que ella estaba vestida de blanco con un bello peinado... Recuerdo cuando bailó con mi padre "El Danubio Azul", él estaba muy orgulloso de presentar a su hija mayor a la sociedad de Santiago... Mi madre también estaba feliz atendiendo a todos los invitados y nosotros revoloteando por todo lado... No sólo eran los 15 años de mi hermana que estaban festejando mis padres, sino sus 17 años de bello matrimonio...

Nuestros cumpleaños los celebrábamos en la intimidad de la familia, con un almuerzo opulento, torta, dulces, gaseosas y ropa nueva... Mis padres tenían muy presente todos nuestros cumpleaños. Sólo una vez festejamos mi cumpleaños con algunos invitados. Fue aquí en esta casa en nuestra salita del segundo piso. Aparte de que vinieron mis amiguitos de barrio, vino la hija de mi tía Matilde Villalobos, esposa del gringo Samoluck (un joven alemán que había venido huyendo de la segunda guerra mundial, eso decían), trayéndome un regalo muy especial... Se trataba de una hermosa casa de estilo europeo clásico, conformada por muchas piezas con las que uno podía hacer múltiples diseños... Y otro niño me trajo una cajita de lata llena de chocolates. Por muchos años conservé ambos regalos, la casa y la cajita pintada de flores pero sin chocolates.




Aquí está Carolina, nieta del señor Alcántara, dueña actual de la casa y quien muy amablemente nos permitió ahora tomar estas fotos...




Desde este patio central podíamos acceder al patio de servicio pasando por otro zaguán.




La puerta verde de la derecha era nuestro baño, una letrina, y ducha.




Y al fondo la lavandería. Aún se conserva el mismo caño de agua y pozo, donde mi madre y la empleada lavaban nuestra ropa.




Vista de esta zona de lavandería con un segundo piso.




Frente al caño de agua y pozo está este patio de servicio donde se fabricaban las velas, y la huerta. Habían varios peroles de parafina donde se sumergían los hilos para engrosarlos gradualmente de parafina y hacer las velas. Los empleados a veces nos permitían sumergir nuestras manos protegidas con agua fría al perol de parafina caliente, para sacarlas cubiertas de cera como si tuviésemos puestos unos guantes; también nos permitían hacer velas pequeñas.




Vista desde el pozo de agua hacia el zaguán que conecta con el primer patio o patio principal.




Retornando al patio principal.




Esta era la casa del señor Alcántara, de tres pisos... muy grande y hermosa...




En toda esta esquina del primer piso, el señor Alcántara tenía su gran tienda de telas... 

A la izquierda de esta fotografía podemos ver el inicio de la alameda que da al Mercado de Santiago de Chuco, y a la derecha estaba el Teatro Municipal, que si bien no era tan opulento como el de Huamachuco, también podíamos ver allí algunas películas bíblicas, mexicanas y españolas que estaban de moda. En ese tiempo me impactaron las películas de Fray Martín de Porres, Santa Rosa de Lima, la Virgen de Fátima...

Al lado también quedaba la Cárcel de donde era alcaide el señor Rosado, amigo de mis padres.

Algo que me sorprendió de Santiago de Chuco al llegar, fue que no había luz durante el día. Sólo teníamos luz a partir de las 5 ó 6 de la tarde y hasta las 5 de la mañana del día siguiente. Me sorprendió pues en Huamachuco había luz durante las 24 horas del día.

Ahora también me sorprende la escasez de agua en Santiago. A veces hay un poco por las mañanas durante un par de horas, luego hay que esperar hasta el día siguiente o más, para que venga otra ración de agua.




Esta es la alameda que da al Mercado de Santiago de Chuco, hoy muy adornada de bancas y flores. A la derecha quedaba la famosa tienda de don Lorenzo Risco y a la izquierda la Parroquia. Al fondo, en la calle César Vallejo, a la izquierda de la entrada del Mercado estaba la tienda del señor Aponte, padre de mi querida compañera de estudios, Edith Aponte Benites. Y a la derecha, también a la entrada del Mercado estaba la tienda de don Pedro Pablo Vejarano, de donde mis padres compraban todos sus productos para el mes. Aun cuando mis padres traían a casa hasta dos cajas de gaseosas "La Concordia", varias latas de duraznos al jugo, galletas y otros dulces, nosotros seguíamos siendo muy moderados en su consumo, dejando todo eso sólo para los domingos y fiestas especiales.

Y más allá, cruzando el mercado, en la calle Los Heraldos Negros (donde más arriba se encuentra la famosa casa de nuestro gran poeta César Abraham Vallejo), estaba la casa de otra querida amiga mía, Silvia Miñano Escobedo, cuyos padres, don Panchito Miñano y doña Olguita eran nuestros tíos por parte de mi querida madre.




Llegando a la Plaza de Armas, el corazón de Santiago... Por supuesto, en la década 60 cuando aquí vivíamos, no habían esas rejas que hoy delimitan sus jardines.




Vista inmediata de la Municipalidad al bajar por la calle Miguel Grau.




Aquí está la Municipalidad, en cuya parte superior de su fachada puede verse la foto de nuestro querido e inmortal César Abraham Vallejo. Igualmente está su escultura en medio de un jardín lleno de flores.

Santiago de Chuco en sí mismo es una ofrenda a este inmortal poeta, pues no sólo una de sus calles lleva su famoso nombre: César Vallejo, sino que también, la mayoría de sus calles llevan nombres de sus cuentos o poemas como: Los Heraldos Negros, Paco Yunque; Trilce; Tungsteno; Dados Eternos; España, aparta de mí este cáliz; Fabla Salvaje; Rusia en 1931... Por supuesto también hay calles que llevan nombres de otros personajes ilustres de Santiago como Luis de la Puente Uceda, Gustavo Pinillos, Tomás Ganoza, entre otros...




Hoy también hay una escultura dedicada al "Pallo" (o Payo) santiaguino.




Cuando volví a Santiago después de 13 años de ausencia, tuve la oportunidad de ver bailar de nuevo a estos danzarines, rememorando de inmediato la fiesta patronal de nuestro Apóstol Santiago el Mayor... También vi danzar a las "Kiyayas" (o Quiyayas), a las "Mojigangas" y otros...




La costumbre para celebrar esta fiesta patronal no era muy diferente de la de Huamachuco, también habían castillos de fuegos artificiales, procesiones, desfiles, toldos con comercio por doquier... Venía mucha gente de los caseríos aledaños a honrar al patrón de nuestro pueblo, el famoso Apóstol Santiago... En estas fechas todos estrenábamos ropa nueva, mis padres nos compraban hasta un par de mudas completas para nosotros sus hijos.




Cada año se nombraba (aún se nombra) un Mayordomo por cada barrio (Santa Rosa, San Cristóbal, Santa Mónica y San José) quien organizaba este evento a cual mejor, estos Mayordomos celebraban con mucha pompa estas fiestas. En una oportunidad, uno de los Mayordomos trajo por primera vez a Santiago, desde Trujillo, los tan mentados juegos mecánicos; para nosotros pueblerinos eso fue fatal... Cada vez que subíamos a uno de esos juegos, terminábamos mareados, con náuseas, y a veces hasta vomitando a escondidas en algún lugar de la Plaza de Armas... Por mi parte nunca pude acostumbrarme a esos juegos, los descarté de inmediato de mi lista, prefiriendo trepar los árboles, subir los cerros, correr por el campo o por El Bosque de los Amantes...

En otra oportunidad un Mayordomo trajo también de Trujillo, al grupo de rock "Los Grecos", quienes amenizaron varias fiestas con su popular "Compréndeme", y la famosa canción de Ronald Sáenz, su "Isabel de papel"... Me gustaba mucho ver a mi padre bailando el twist o rock, él era muy fiestero... y nosotros chicos nos metíamos por dónde podíamos... No era necesario que a mi me invitaran para estar presente en tales reuniones, después de todo, los amigos sabían que mi padre era una autoridad y yo su hija...




Esta es una foto muy histórica... en el cumpleaños de Chacha Sifuentes... De izquierda a derecha, están las hermanas Jaramillo, Norma, Lola y Marcia. Luego está mi hermana Mery, Chacha con su torta, Jorge Flores (el popular "Rocoto")... y... no recuerdo más nombres... pero si recuerdo a aquella niña que está detrás de mi hermana queriendo salir en la foto, jajajajajajaja... (creo que era Estela, la hermana de Julio, a quien le decíamos "el sueño", hijo de doña Rosita). Así nos metíamos en medio de la gente grande, jajajajajajaja...




Esta es otra foto histórica de una procesión en la Plaza de Armas de Santiago de Chuco... Cuando aún se mantenían las construcciones originales de sus solares... antes de que se reemplazaran sus adobes por ladrillos, su barro por cemento, sus tejas por calaminas... 

Recuerdo que en este lado izquierdo de la Plaza de Armas (viendo la foto), se encontraba la tienda del señor Flores a quien llamaban cariñosamente "Rocoto", creo que por lo colorado que era, de allí que a sus hijos también los llamaran así. 

En ese lado también había en el segundo piso una Sonora que nos hacía escuchar a todo volumen en la Plaza de Armas, los estrenos de la nueva ola, a nuestro inconfundible Rafael y su "Yo soy aquel", a Los Iracundos y su "Si quisieras pelear", Palito Ortega y su "Jenny", Julio Iglesias y su "La vida sigue igual"... y tantos otros más que escuchábamos cuando salíamos a pasear por nuestra plaza tan querida.

En tanto mi padre también nos había comprado un tocadiscos y varios long plays, entre ellos uno del famoso Pepe Cipolla, otro de Libertad Lamarque, otro de Javier Solís, otro de Marinera Norteña, otro de Rancheras, otro de Tangos, otro del Folklore de Puno de la Orquesta Teodoro Valcarcel... Así mis hermanas iniciaron su invaluable colección de discos que con los años yo heredé muy feliz.




Aquí al fondo se puede apreciar la Catedral de Santiago de Chuco o Iglesia del Apóstol Santiago el Mayor.

Mi querida madre nos contaba que cuando ella era adolescente, las procesiones durante la Semana Santa eran muy llenas de fe, amor y devoción por el Supremo... Ella recordaba cómo se organizaban cuatro grupos, uno por cada barrio de Santiago para llevar en procesión cuatro imágenes santísimas, dos del Señor y dos de la Virgen. El grupo de mujeres jóvenes y el de mujeres adultas llevaban las imágenes de la Virgen, y el grupo de varones jóvenes y el de varones adultos llevaban las imágenes de Cristo. Cada grupo iniciaba su procesión en su respectivo barrio desde donde llevaba su santa imagen hasta la Plaza de Armas, allí se encontraban estas cuatro imágenes de la Pasión de Cristo, para ingresar luego a la Iglesia del Apóstol Santiago el Mayor donde se celebraba la misa principal.

Durante la Semana Santa también era tradición preparar los más variados dulces y panes; como el pan común, el pan de agua, pan de yema, pan semita, bizcochos, bizcochuelos, los famosos bizcochos de Chancay, las vasitas, los rosquetes, los alfajores, las hojarascas... y los dulces... la cuajada con miel de higo... las exquisitas mermeladas... Santiago de Chuco aún mantiene vigente esta maravillosa tradición antigua de su variada panadería y dulces, tan famosos en otras provincias, hasta en el mismísimo Trujillo.

Aún recuerdo el aroma del maravilloso pan de doña "Shunsha" (Asunción)... Eran unos panes tan generosos, tan frescos, tan dorados, tan aromáticos, tan sabrosos... qué a mi me gustaba ir por ellos. No me importaba caminar unas cuantas cuadras para llegar a su casa en la calle Trilce, casi por la salida a Cachicadán, para comprarlos a veinte centavos cada uno, y llevarlos a casa calientitos en una bolsa de tela para nuestro desayuno o nuestro lonche... Nunca más volví a comer panes como esos... ¡Gracias doña Sunsha por tan deliciosos recuerdos!

Y cuando a veces doña Shunsha no hacía su famoso pan, mi madre hacía sus inolvidables "Cachangas"... A ella, al igual que a mi padre, le gustaban sus cachangas más que a nosotros... Hasta que por mi parte, poco a poco fui aprendiendo a gustar de estos panes tan especiales fritos en aceite, sin saber que eran los panes más tradicionales del mundo... los famosos panes sin levadura que ya existían en Oriente y otros lugares lejanos... principalmente en India, donde se consumen con el nombre de "Puris", y con el nombre de "Chapatis" cuando no son fritos...




Cuando vivíamos aquí, aun no estaba construida esta Catedral, por el contrario, en esta esquina había un restaurante, si mal no recuerdo, de doña Barbarita, quien vendía las famosas "Pirigallas", té con una copita de pisco para abrigar el cuerpo y curar las gripes.

Luego del terremoto de 1970 en Huaráz, se desplomó la antigua iglesia y se construyó esta nueva en su lugar, igual que en Huamachuco...




Pero yo extrañaba y recordaba mi antigua iglesia a donde íbamos todos los domingos a orar, a cumplir con el Señor... Aunque mi padre era un poco escéptico en cosas de religión, no impedía que mi tanto mi madre como los profesores de nuestro curso de religión, el padre Oswaldo y posteriormente el padre Antonio Nicolau Truyol, nos inculcaran la oración y el amor a Dios.

Yo tenía impecables mi catecismo y mi velo en el cajón de mi roperito. Todas las noches le oraba a Jesús antes de dormir... Le pedía por mis padres y hermanos, especialmente por mi madre... Entonces creía en la existencia del Señor aún cuando no supiese como era el Señor... A veces lo imaginaba como un gran anciano de cabellos y barba blanca volando por los espacios infinitos... infinitos... espacios... infinitos... ¡Cómo me desgarraba esa sensación del Infinito! ¡Y cómo, la sensación de la muerte irrevocable por doquier!... Sentía mucho temor por la muerte... Mucho temor sobre todo por aquellos a quienes amaba tanto...  mis padres y hermanos... Porque un día vendría la muerte inexorable y los llevaría a todos... ¡Nos llevaría uno por uno y yo no podría hacer nada!... ¡Nada!... ¡Ahhhh! ¡Mejor era quedarse sin ojos que sin madre! ¡Mejor era quedarse sin brazos que sin hermanos y sin padre!... Madre... cadena...hermanos... cadena... cadena... padres... cadena... 




Tal vez por todo ello yo soñaba con la virtud... principalmente con la bondad y el amor... el amor a Dios y al prójimo... También soñaba con los Santos... con San Francisco de Asís y el hermano lobo, con Santa Teresa de Jesús y con Jesús... En ese tiempo, yo también quería ser como ellos... un santo o una santa... Si, oraba mucho, mucho... antes de dormir y al despertar... Oraba por el perdón de los pecados, por el cumplimiento de los Mandamientos de la Ley de Dios... y, soñaba con la santidad... soñaba con acercarme a Dios... Pero al mismo tiempo sentía que nunca podría llegar a Él porque Él era Dios... ¡Dios!... el Ser Omnipresente, Omnisciente y Todopoderoso... y yo... un simple bichito humano insignificante, sin ninguna guía que me llevase hacia el Mundo Divino del Señor.

Esas eran mis noches de infancia en Santiago... Dormía como un feto, tratando de evocar aquel lejano mundo de donde había venido; porque desde luego, pensaba en ese tiempo, yo tenía que haber venido de alguna parte... Entonces me entregaba a esos misteriosos espacios de la meditación para trasladarme a mis primeros recuerdos en el vientre de mi madre... y, me veía a mí misma caminar por un andamio cuadrangular de un recinto inmenso, con las manos muy pegadas a sus paredes que eran más altas que su base... Sin mirar nada arriba y sin mirar nada abajo... Estos eran los insospechados momentos de mis noches, en la oscuridad, cuando todos se entregaban al dormir... hasta que yo me quedaba profundamente dormida...




Y durante el día me gustaba correr por estos campos, por la Piedra Bruja, el Infiernillo, la Pamplona, el río Patarata, buscando desentrañar el misterio de la vida y de la muerte en nuestra madre Tierra... tan especial con sus encantos insondables como estos parajes que hoy estaba visitando con mi querida madre, pidiéndole a la Divinidad que su Gran Viaje hacia Su Morada Suprema sea auspiciosa...




Estos cerros son mis cerros... estos caminos son mis caminos de infancia... Por allá caminábamos hacia Pueblo Nuevo o Huayatán, bellos destinos de nuestros paseos de medio año o fin de año... Salíamos todas las alumnas del colegio "Libertad" para realizar este paseo a pie, una que otra profesora iba montada en caballo. Llevábamos nuestra fruta y almuerzo en nuestros morrales, e íbamos recitando los poemas de nuestro querido César Vallejo, o cantando: "Santiago Querido" de Leo Dan, "Mi Viejo" de Piero y tantas otras bellas canciones...




Pues cuando estábamos en la primaria, en la Escuela No. 284, otras eran nuestras canciones de paseo que me encantaban, como ésta del "Mantelito Blanco" o del "Chorrito"...

Mantelito blanco
de la humilde mesa
en que compartimos
el pan familiar.
Mantelito blanco
hecho por mi madre
en horas de invierno
de nunca acabar...




Allá en la fuente 
había un chorrito, 
se hacía grandote 
se hacía chiquito;  
estaba de mal humor, 
pobre chorrito tenía calor 

Ahí va la hormiga 
con su paraguas 
y recogiendose las enaguas, 
porque el chorrito la salpicó 
y sus chapitas le despintó... 




La Pamplona ha sido siempre un maravilloso lugar de baño para los jóvenes, quienes aún vienen aquí a remojarse cuando hay mucho Sol. Sigue siendo la piscina inmensa que me enamoró de niña... bella y apacible... natural y regocijante... 




Aquí, en el río Patarata también hicimos nuestro ritual-ofrenda a la Divinidad Suprema... Orando porque nuestro Gran Viaje hacia la Morada Suprema sea maravilloso... sin obstáculos...




¡Oh, Divina Providencia!
 Por favor, te pido de todo corazón
que abraces a mis amados padres Elvira y Donato 
y a Zaroma, mi abuela tan querida,
para que los protejas e ilumines 
en su camino hacia Tu Morada Suprema. 
Por favor, otórgales paz, armonía, sabiduría, amor;
otórgales un elevado nacimiento
para que puedan realizar su amor por Ti
Y te sirvan eternamente.




¡Oh, mi querido río Patarata! 
Que la corriente límpida de tus aguas nos lleve sin obstáculos
 hacia el mar sagrado del Amor Divino...
Que nuestra atracción se dirija a Radha y Krishna 
sólo a Radha y Krishna sin desviarse hacia nadie más...




Todos estos paisajes fuimos cambiándolos poco a poco por otros nuevos que empezamos a recorrer, cuando nos trasladamos a la casa de la familia Calonge, como El Bosque de los Amantes, la salida a Cachicadán, el río Huaychaca, entre otros, a donde también íbamos durante nuestras excursiones de colegio.

También íbamos a Cachicadán con mis padres, íbamos todos... Me encantaba que hiciéramos este paseo, aun cuando yo era muy temerosa de aquellas pozas tan hondas que nos abrigaban celosamente. Recuerdo mucho a doña Naty y su esposo, don Reynaldo Morales, quienes eran muy hospitalarios, amigos de mis padres.

Fui a visitarlos cuando volví a Santiago después de muchos años. También fue muy bello encontrar su casa como siempre, intacta, sin cambios, bien conservada. Era una hermosa casa... amplia, limpia, bien distribuida, En aquel tiempo pude hacer un levantamiento de toda su casona en agradecimiento a tanta hospitalidad que nos brindaron.




Esta es una foto que tomé en aquella visita. Se puede observar en el centro la puerta del Oratorio, Allí está Judith la última hija de doña Naty y don Reynaldo; y Vanessa, mi sobrina querida. En la esquina de la derecha se encuentra el señor Reynaldo trabajando en su escritorio. ¡Que linda esta casa! ¡Qué patio para más grande!

Años después me enteré que doña Naty había fallecido ahogada en una de sus pozas... ¡¡Ahhhh, doña Naty!! Sentí que había muerto en su ley... ella había amado tanto sus pozas, su casa, su familia, su tierra, su Cachicadán tan querido por todos...




Esta casa de la izquierda, es la casa de tío Octavio Pereda bajando de la Municipalidad por la calle Paco Yunque, la cual también ha sabido mantenerse muy bien cuidada. Aquí vivía mi amiga Antuca Pereda, hija de don Octavio. A pesar que llevábamos el mismo apellido, me daba la impresión que no éramos tan parientes como parecía, pues nunca vi a mis padres tratarse con más familiaridad con el tío Octavio.

Cuando volví después de 13 años a Santiago, encontré a Antuca casada, viviendo en ésta su casa, junto con su esposo e hijos. Más, esta vez no encontré a nadie, la casa estaba vacía y tristemente algo derruida por dentro.




Aquí al lado derecho está la casa de la familia Calonge a donde finalmente nos trasladamos. Era un gran solar, casi la cuarta parte de la manzana como era costumbre en época colonial. Mi padre había alquilado sólo una parte de la casa, la que daba a la calle Mariscal Castilla donde había ubicado su oficina; por tanto, estas tres primeras puertas de color gris se mantenían siempre cerradas. Nosotros entrábamos por el portón principal (la cuarta puerta), que ya no es el mismo portón de antes cuando lo cuidaba el Toby, el dócil perro de don Germán Calonge, éste es un nuevo portón.




Este es el zagúan de la casa con las escaleras que daban al segundo piso. En nuestro tiempo, éstas escaleras también estaban clausuradas, por ende, todas las habitaciones del segundo piso.

Al lado izquierdo, después de la escalera, quedaba el pozo y la pileta de agua; luego, subiendo unas cuantas gradas había una hermosa terraza donde mi padre había vuelto a poner la cocina y el comedor, protegíendolos con su misma bella cortina, tal como había hecho en la casa de don Pablo Alcántara. Luego de esta terraza venía un ambiente muy grande que mi padre también había dividido en dos: nuestra sala al centro; y, su dormitorio (y el de mis hermanos menores) al lado izquierdo de la sala, conectándose con su oficina que daba a la calle Mariscal Castilla. Al lado derecho de la sala estaba el dormitorio de mis hermanas mayores. Todos estos ambientes eran muy antiguos, sobrios, elegantes; sus paredes altas estaban decoradas con bellas cornisas y tapizadas con hermosos y finos papeles de inigualables diseños. Esta casa era, sin duda alguna, mucho más antigua que la del señor Alcántara.

¿Y mi cuarto? Esta vez mi padre destinó un lugar especial para mí y mi hermana Edith. Era un cuarto muy pequeño pero hermoso al que se ingresaba por la cocina; y donde teníamos nuestros primeros muebles, el roperito de campaña que nos había cedido papá y una pequeña cómoda que él había mandado confeccionar para nosotras. Aun cuando mi hermana Edith tenía sus cosas en nuestro cuarto, muy pocas veces lo ocupaba ya que prefería irse a dormir con mi hermana Mery. Pero eso no me disgustaba, todo lo contrario, yo me sentía navegar en mi propio espacio decorándolo a mi regalado gusto... Me gustaba tenerlo impecable, muy limpio y ordenado... Solía colocar sobre la cómoda, frente al espejo, unos muñequitos coleccionables (que Mery me había regalado) en diferentes posiciones cada día... Eran una especie de duendes que se movían por las noches, así lo sentía... Sentía que cobraban vida frente al espejo... mientras yo me entregaba a aquella meditación que me transportaba por aquel andamio cuadrangular de ese recinto inmenso... Precisamente este mi pequeño cuarto era aquel recinto de paredes más altas que su base... Donde yo caminaba con las manos muy pegadas a sus paredes... Sin mirar nada arriba... sin mirar nada abajo...

En realidad, este fue el tiempo en que mi padre se dedicó a amueblar la casa, mandó hacer roperos, mesas de noche iguales para todas las camas, cómodas, mesas, escritorios y un aparador para el comedor donde guardábamos la vajilla,

Por ello recuerdo fuertemente el olor de carpintería, pues yo acompañaba a mi padre a inspeccionar los trabajos. A veces me quedaba en la carpintería jugando con las maderitas que muy gentilmente me obsequiaba el carpintero. Así llegué a confeccionar mis propios muebles (cama, mesa de noche y ropero), para mi nueva muñeca de plástico que mamá me había regalado el día de mi cumpleaños, y ella le confeccionaba de vez en cuando alguna ropita que yo guardaba feliz en estos nuevos muebles hechos por mí misma. Aún cuando muy pronto mi muñeca perdió un ojo, yo no dejé de quererla ni quise cambiarla; más bien, le puse el nombre de Carmen en recuerdo a aquella Carmelita que me había regalado mi primera muñequita que ya no existía. Mis hermanas aún conservaban celosamente sus bellas muñecas traídas de Huamachuco.




Cuando vinimos a vivir aquí, encontramos viviendo en esta casa a la señorita Libia Calonge a quien llamábamos cariñosamente tía, por el parentesco que tenían los Calonge con mi querida abuela Zaroma Marcelo, los hermanos Calonge eran cuñados de mamá Zaroma.

Tía Libia ocupaba esta habitación del primer piso frente al zaguán, que otrora fuera el salón principal de esta gran casona. Tía Libia sufría una artritis severa, apenas podía moverse con mucha dificultad, por lo que se mantenía generalmente en esta sala sentada todo el día en una silla. No recuerdo mucho lo que pasó después con ella, sólo que ya había partido de este mundo; por lo tanto, nos quedamos sólo nosotros ocupando las habitaciones que había rentado mi padre, manteniéndose el resto de la casa completamente cerrada, algo así como lo que había sucedido en la casa de don Pablo Alcántara.




Entrando por el zaguán a mano izquierda quedaba la cocina de esta gran casona, tuvimos la suerte de conocerla cuando tía Libia estaba aún con vida, pues luego se mantuvo también cerrada. Recuerdo haber visto muchos pero muchos utensilios y muchos cuyes en el interior de esta cocina tan grande y oscura... Siguiendo el pasadizo había una puerta que conectaba con otro zaguán que nos llevaba al baño, una letrina; y luego al gran corral y huerta, donde mis padres criaban sus cuyes, pavos, gallos, gallinas.

Durante el día todos ocupábamos esa letrina, y por las noches usábamos generalmente una bacinilla para evitar hacer una caminata tan larga hacia el baño. Sin embargo, yo solía hacer esa caminata hacia el baño por las noches, acompañándome de una vela que llevaba casi temblando para poner a prueba mi valor... ya que a veces sentía extrañas miradas que trataban de asustarme, pero no lo conseguían porque... ¡Yo era la más fuerte!... Así lo sentía... así me animaba y cantaba... cantaba mucho para protegerme de aquellas tinieblas tan temibles...

A veces escuchábamos ruidos en los diferentes aposentos de la casa, escuchábamos pasos, voces, gemidos, llantos... Yo sentía erizárseme el cuerpo y ponérseme los pelos de punta... Entonces iba despacio a donde estaba mi madre o mi padre para contarles lo sucedido. Mi madre decía: "Deben ser las almas, que en paz descansen...". En cambio mi padre decía: "¡Tonterías! Deben ser ratas, no les den la menor importancia..." Entonces yo sentía que verdaderamente eran almas cuando se me erizaba el cuerpo... y que eran ratas cuando no sentía nada... Pero a veces, yo sentía que era mi tía Libia...




Después de clases, mientras papá trabajaba en su oficina, mamá preparaba la comida y mis hermanas estudiaban o leían sus libros; Edith y yo jugábamos con los más pequeños a diversos juegos incomparables. Teníamos toda una vajilla doble para jugar a las comadres, teníamos una mesa pequeña con tres sillitas que mis padres habían traído desde Juliaca, éste había sido el juguete preferido de mis hermanas mayores en su tiempo.

Por ese tiempo empecé a leer "Las maravillosas aventuras de Naricita" del brasileño Monteiro Lobato. Eran 24 tomos pequeños que papá había comprado para mis hermanas mayores en Huamachuco. Al igual que ellos, mis hermanas y padres, yo tomé el gusto especial por la lectura... ¿Cómo no iba a hacerlo si los veía leer a diario a mis padres y hermanas? Me gustaba mucho cuando ellos, mayores, comentaban en la sobremesa... Yo también anhelaba participar, quería aprender mucho... Así complementaba mis juegos de niña con mis estudios, lecturas y sueños...

Fue también en esta casa que mamá se puso mal de parto y mi padre tuvo que llevarla en una camioneta a Quiruvilca para que diera a luz al último de mis hermanos: Luis Enrique, transcurría el año 1968.

Fue también en esta casa que vivimos el golpe de estado que el general Velasco Alvarado dio al presidente Fernando Belaúnde Terry durante su gobierno. Sucedieron muchas cosas que yo apenas podía comprender; por ejemplo cómo vinieron los oficiales de la PIP, amigos de mi padre, para pedirle las llaves de su oficina, la Sub-prefectura... quedando mi padre sin trabajo...




Hoy, mucho de esta casa está cambiada y deteriorada, la parte que nosotros ocupábamos ya no existe, en su lugar hay una nueva construcción de ladrillo y cemento que da a la calle Mariscal Castilla, que nada tiene que ver con la construcción original. Tía Carmela dijo que cuando el último de los hermanos Calonge se fue de este mundo, vino la repartición del solar por los herederos... Se vendieron unos a otros sus respectivas partes; y, la vieja casa tan querida quedó completamente fraccionada. Por eso no pude tomar más fotos... Más bien, me puse a cantar aquella bella poesía de nuestro querido Javier Heraud... "Mi casa muerta", que tan bellamente interpreta Norma Alvizuri, en honor a esta bella casa que nos había cobijado por largo, largo tiempo...

No derrumben mi vieja casa,
había dicho...

Es cierto, no lo niego,
las paredes se caían
y las puertas no cerraban
totalmente. 
Pero mataron mi casa,
mi dormitorio con su
alta ventana mañanera.
Y no quedó nada
del granado,
las moras ya no
ensucian mis. zapatos,
del manzano sólo veo
hoy día,
un triste tronco que
llora sus manzanas
y sus niños...




No derrumben mi vieja casa,
había dicho...
dejen al menos mis
granadas
y mis moras,
mis manzanas y mis
rejas...

Si, todavía están estos manzanos... pero ya no está la higuera que nos dio tantos higos en su tiempo...




Mis amigos de barrio fueron otros nuevos, ya casi no veía a Maydo y sus secuaces; más bien, conocí a Antonio Sandoval Vejarano a quien llamábamos Antuco. Ahora era él quien me prestaba su carro de cojinetes para arriesgarme a correr a toda velocidad por estas veredas añejas del nuevo barrio.




Ahora recuerdo que cuando vivíamos en casa de la familia Calonge, teníamos por vecina a una amiga de mis hermanas, Soledad Martell. En una ocasión llegó de Trujillo su hermano Lucho, quien estudiaba en el colegio militar de aquella ciudad... esta visita me hizo recordar mucho la llegada de nuestro primo Pepe a Huamachuco porque Lucho vestía muy similar a él... 

Entonces, mis hermanas mayores ya eran adolescentes, era otro tiempo, otra época... Había llegado la primavera para ellas y mis padres tenían que aceptar que Cupido empezaba a rondar sus corazones... "Lo importante es que no descuiden sus estudios", decían ellos.

Después vino de Lima a esta casa nuestra prima Lala, hermana menor de Pepe, quien nos acompañó por unas buenas semanas. Ella era muy guapa, mayor que mis hermanas, hablaba perfectamente el inglés, nos trajo el sabor de la capital... Yo desarrollé un especial cariño por ella, sobre todo cuando me obsequió un Autógrafo para que me dejaran recuerdos mis amigas de colegio. Siendo ella la primera en dedicarme, con su bella letra, unas cuantas palabras especiales: "... por tu madurez prematura...", había escrito... Yo conservé por muchos años este bello Autógrafo que logré llenarlo con la firma de todas mis amigas... ¿Qué pasaría con él?




Luego dejamos este hermoso barrio para trasladarnos a otro barrio también hermoso... Así fui conociendo más detalles de mi Santiago querido...

La ventaja de que Santiago era más pequeño que Huamachuco era que yo podía conocerlo mejor. En Huamachuco, por mi edad, apenas había podido desplazarme sola por las inmediaciones del jirón Balta donde vivíamos; en cambio aquí, en Santiago podía desplazarme por todo el pueblo a mi regalado gusto sin temor.




Nos trasladamos felices a esta casa del señor Geldres, lado izquierdo. Papá había encontrado en esta casa la satisfacción de todos nuestros requerimientos, aun cuando había quedado sin trabajo, pero él estaba muy seguro de que le restituirían su puesto; y así fue.

La casa era muy bella, su diseño era una combinación de estilos, antiguo y moderno. Habían más cuartos disponibles para nosotros, incluso había un hermoso horno en la cocina, una gruta a la entrada, un baño cerca...




Ingresábamos a la casa por un zaguán que daba a esta amplia terraza donde aún está ubicada esta bella gruta con la Virgen de Fátima. Esta terraza era un gran vestíbulo de distribución: a la sala, al dormitorio de mis padres, al baño, a las escaleras para subir al segundo piso, y luego al patio, donde quedaba nuestra cocina-comedor, mi cuarto y el corral.

Los nuevos dueños me permitieron muy amablemente tomarle fotos a esta bella casa inolvidable.




Desde esta bella terraza accedíamos a nuestra sala, puerta izquierda; y al dormitorio de mis padres, puerta del frente. 

Cierta vez, en esta sala, un enamorado de mi hermana Silvia, Enrique Meza, lanzaba en el aire a mi hermano Enrique aún pequeñito. Lo lanzaba y lo recibía en sus brazos... Cuando de repente... por un tonto descuido no lo recibió y el bebé cayó al piso como un pesado fardo ¡Pobre! Quedó sin respirar por unos segundos, mientras que nosotros pegábamos el grito al cielo y Enrique Meza lo levantaba del suelo muy asustado, tratando de reanimarlo. Mi madre vino corriendo de la cocina y casi muere de dolor al enterarse de lo ocurrido... Fue un gran susto para todos, felizmente no pasó nada... Lo curioso es que este hermano mío lleva el nombre de Enrique "en honor" a ese Enrique Meza, a quien estimábamos mucho, lo que muestra nuestra manera infantil y sentimental de elegir los nombres a la hora de ponerlos; porque de acuerdo a Los Vedas, la antigua sabiduría de la India, la elección del nuestro nombre es algo muy trascendental, ya que uno hereda las cualidades de la persona de quien se origina el nombre; en este caso, este hermano mío heredaría las cualidades de Enrique Meza, uuuuffffffff... afortunadamente Enrique Meza era una bella persona.

Por eso se acostumbra en India a ponerles a los niños, nombres de Dios, de sabios, dioses, héroes, etc, para que el niño o niña, al ser llamado con el nombre de la personalidad elegida siga sus pasos, llegue a ser poderoso, o logre la misma inteligencia o fama que ellos.




Esta era la puerta querida del dormitorio de mis padres... un poquito desvencijada por el tiempo, pero es la misma puerta...

Ésta era una habitación muy amplia donde mis padres no sólo tenían su cama, mesas de noche, ropero y cómoda; sino que tenían una hermosa biblioteca... Por fin yo podía abarcar esta maravillosa biblioteca en toda su magnitud, de una pared a otra y del piso al techo...

Cuando no estaba mi padre en casa, pues su oficina la había mantenido en casa de los Calonge, yo merodeaba como un ratón por esta inmensa biblioteca, quería conocer todos los libros, quería leer todos los libros... Allí estaba la literatura clásica, antigua, moderna, contemporánea, latinoamericana, andina... esotérica... También habían varias enciclopedias: universales, de música, de arte, de medicina, de las maravillas del mundo (La famosa enciclopedia Jackson, El Mundo Pintoresco...). Habían colecciones (La Colección Tor, la Biblioteca Mundial Sopena, Losada...); también estaban sus grandes Diccionarios; los Atlas; Manuales (de ajedrez, de guitarra, cómo escribir a máquina); el delicioso libro de Doña Petrona, de donde mi madre y hermanas sacaban sus recetas varias, sobre todo para las fechas importantes; y, sus máquinas de escribir (Olivetti, Olimpia y Remington). Esta maravillosa biblioteca era nuestra fuente perfecta para cumplir con todas nuestras tareas de colegio, no teníamos necesidad de ninguna otra biblioteca... y si faltaba un libro, papá lo compraba de inmediato, no se medía en cuestión de libros; pero eso sí, era enemigo de prestarlos, "En lugar de prestarlos es mejor regalarlos", decía, "porque por lo general nunca nos son devueltos"... Yo aprendí eso.

Aquí en este bello dormitorio, mi padre me enseñó a escribir a máquina. Él era un experto digitalizador, escribía más de 60 palabras por minuto sin ver las teclas... ¡Era todo un récord! Y le encantaba que yo también tuviese interés en este arte, su arte. Todas las noches yo venía a tomar este curso con él, luego me quedaba más tiempo en su dormitorio hojeando alguno de sus libros que él cariñosamente me prestaba, explicándome que todavía no podía acceder a todos ellos, "Todo a su debido tiempo", me decía; mientras él también leía o escribía a máquina, y mamá también leía o escribía con su puño y letra cuando Luis Enrique, mi hermano menor, dormía... ¡Esto era lo más importante de lo más importante! Que mis padres, Elvira y Donato escribían. Mi padre escribía artículos que enviaba al periódico La Industria de Trujillo y al de Los Andes de Puno; y mi madre, al igual que su padre, mi abuelo Santiago, y su hermano Carlos, escribía sus íntimos poemas, historias y también escribía su diario...

Sin embargo, yo no podía esperar a ser grande para hojear aquellos libros, atlas y enciclopedias que me mostraban al hombre y al universo... Al hombre finito con sus más temibles enfermedades que lo agobiaban conduciéndolo a la muerte... Al universo infinito lleno de estrellas, lunas, soles, anillos, galaxias, pozos oscuros que lo devoraban todo... Aunque me causaran mucho temor tales imágenes e inscripciones yo no podía dejar de hojearlos y sentir cuán, cuán insignificantes éramos. Sólo aquellos libros que recorrían el mundo por cielo, mar y tierra me causaban sosiego... Los desiertos, los bosques, montañas, ríos, océanos, islas, animales, plantas, pueblos, gente en su propio habitat protegiendo sus costumbres y tradiciones.

En algún lugar del mundo leí que la mejor herencia que un padre puede dejar a su hijo es una biblioteca, yo asumí esta magnífica sentencia. Esta fue la mejor herencia que recibí de mis padres; y no sólo la cuidé por muchos años, sino también que la implementé con nuevos libros que iba adquiriendo y leyendo.

Hoy, al compartir estos recuerdos quiere invadirme la nostalgia... Siento que por respeto y en agradecimiento a estos seres tan queridos, he debido preservar más este legado... pero al mismo tiempo siento que no hubiera sido posible ni lo más práctico, ya que tarde o temprano igual nos vencen el tiempo y la muerte... Pero lo más importante, es que aquella biblioteca cumplió su función para la que había sido  creada... yo leí la mayoría de esos libros y aún sigo leyéndolos, están conmigo... muy dentro de mí.




Después de la gruta, bajando un par de gradas, ya estábamos en el patio. A la derecha quedaba la cocina y el comedor. Por primera vez teníamos un ambiente propio para ellos, inclusive, ahora teníamos un precioso horno... magnífico.




Aquí se puede apreciar la puerta que daba a nuestra cocina y comedor, donde mi madre preparaba sus deliciosos panes. Desde que nos trasladamos aquí mamá no dejó de hacer su panadería, por lo menos una vez a la semana teníamos esta gran fiesta en casa. Mi madre y la empleada preparaban desde la noche anterior las grandes bateas de madera con las diferentes masas para los diferentes panes: pan de agua, pan semita, pan de yema, bizcochos, bizcochos de Chancay... Luego, empezaban a amasar y hornear desde la madrugada del día siguiente. Todos, hasta los más chicos íbamos a pedirle a mi madre nuestras masas para hacer nuestros propios panes... ¡Que maravilloso día era éste de hacer pan! Por mi parte, daba rienda suelta a mi imaginación para hacer las más variadas formas de bizcochos... desde animales, plantas, rostros, hasta el Sol y la Luna... No niego que a veces peleábamos entre hermanos por un poco más de masa... Pero después... todos esperábamos ansiosos la salida de nuestros panes y bizcochos de aquel horno humeante... para que después nos sea muy difícil comerlos pues queríamos conservarlos intactos, eran nuestra obra de arte... Claro, al cabo de unos días, igual terminábamos comiéndolos deliciosamente, aunque ya estuvieran un poco duros ;)

Cada vez que mi madre hacía pan, mi padre le decía siempre lo mismo: "No sabía que sabías hacer un excelente pan..." A lo que mi madre también le respondía sonriente siempre lo mismo: "Yo tampoco..." En realidad, hasta que apareció el horno, nadie había sabido de este arte de mamá... Por supuesto, yo no volví a extrañar los panes de doña Shunsha, ya no había razón alguna...

Ciertamente, ella sabía hacer muchas cosas más aparte de leer sus libros y escribir poemas, de cocinar delicioso y hacer un super pan... Sabía coser, nos había hecho nuestros vestidos, le había hecho algunas camisas a papá; sabía bordar, ella había bordado nuestras sábanas; sabía tejer, ella había tejido nuestras chompas; hasta que nosotras aprendimos a hacer todo eso con ella y en el colegio... 

La escuela de mi madre había sido su abuela, mi bisabuela Eloísa, madre de su padre, de ella había aprendido cómo mantener y administrar perfectamente un hogar.

Hacer el pan en casa era una actividad muy cálida y festiva, toda la casa se iluminaba.




Esta es la puerta del corral, se mantiene afortunadamente la misma,




Incluso las dos graditas de hermosas piedras finas ...




Aquí en el corral mamá también continuaba criando sus pavos, gallos, gallinas, a veces teníamos hasta un cordero o un chancho. Los cuyes los teníamos en la cocina.




Desde la gruta a la izquierda se puede apreciar en la pared del fondo una pequeña puerta, ése era mi cuarto. De nuevo mi padre había destinado un lugar especial para mí y mi hermana Edith, aunque ella prefiriese como siempre, irse a dormir con mis hermanas mayores, lo cual no seguía disgustándome pues me daba carta abierta para mantener el cuarto a mi antojo. Como aquella vez que "tapicé" sus paredes con fotografías de los futbolistas que salían en los periódicos, era el furor del mundial de fútbol del 69, en que incluso sonaba en el aire la famosa canción: "Perú campeón".

Nuestro cuarto era más pequeño que el que teníamos en la Casa Calonge, mucho más pequeño y sus paredes eran bajitas, pero era muy muy encantador. Cabían exactamente nuestros muebles: la cama, la mesa de noche, la pequeña cómoda y el roperito; en los que guardaba mis primeras preciadas pertenencias. Mi casa de estilo europeo y mis dos rompecabezas nuevos, hechos de cubos, que me había regalado un amigo de la familia, Alvarito, quien era sacristán de la iglesia. También conservé por muchos años estos rompecabezas.

Sobre la cama, en la pared, teníamos un crucifijo, me gustaba tenerlo allí para orarle antes de dormir y al despertar. Y mis noches, eran las mismas noches de profunda meditación tratando de llegar a lo más hondo de mi experiencia en aquel recinto de paredes más altas que la base... sin mirar arriba nada, sin mirar abajo nada...




Aquí también puede verse nuestro cuarto, la primera puerta del fondo de la derecha. Esta otra puerta de la derecha era un depósito del señor Geldres; en realidad, quedaron como tres ambientes de la casa para que él guardara sus cosas.




Desde el patio mirábamos la terraza del segundo piso donde quedaban los dormitorios de mis hermanas mayores y hermanos menores. Mi madre también mantenía hermosas plantas en el patio, hermosas flores y rocotos.




Volviendo a la terraza principal. Esta es la puerta del baño que queda frente al que era el dormitorio de mis padres, es decir, ingresando por el zaguán a la derecha. Se mantiene la misma puerta, aunque igualmente, algo desvencijada por el tiempo.




Lo moderno de esta casa era que el baño ya no quedaba tan lejos como en las casas anteriores (coloniales), por el contrario, ahora se encontraba más integrada a la casa, debajo de las escaleras. Incluso ya no había la letrina de la vieja usanza, sino un inodoro de porcelana con un lavabo también de porcelana y una ducha a todo dar.




El piso de nuestra terraza principal era de ladrillo... ahora sí que el tiempo lo está corroyendo... sin tregua alguna... 

De esta terraza también subíamos las escaleras al segundo piso.




Las famosas escaleras que nos llevaban al segundo piso son las mismas de antaño, con sus pasamanos torneados... Cuántas veces subimos y bajamos corriendo por estas bellas escaleras de madera que yo tanto amaba...




Aquí en este descanso, poco antes de llegar a la terraza del segundo piso, mi padre había puesto el escritorio pequeño que había designado para mí. Así que este era mi pequeño estudio. Aquí solía tener mi escritorio completamente ordenado con los útiles que papá me había regalado: una franela verde para cubrir el escritorio, y sobre ella un vidrio grueso que me permitía tener fotos y notas debajo de ese vidrio. Aquí tenía una maravillosa foto del Apóstol Santiago en blanco y negro, mi horario de estudio y algunas fotos de familia... Papá también me había regalado un pequeño estante de escritorio donde tenía ordenados mis primeros libros: La Divina Comedia de Dante Aligheri, en bello resumen; La Serpiente de Oro de Ciro Alegría, un pequeño libro que gané de premio durante un concurso de Lenguaje que se llevó a cabo en mi Escuela No. 284, mientras cursaba el quinto de primaria; tres tomos de Fábulas, de Esopo, Iriarte y Samaniego; Poemas de César Vallejo; mi infaltable diccionario y mi libro de turno de Naricita. Y en los cajones guardaba celosamente mi cancionero, mi libro Rafael del quinto de primaria del que no había logrado desapegarme, mis cuadernos y demás libros de colegio: Castellano, de Humberto Santillán Arista; Historia del Perú, de Gustavo Pons Muzzo; Historia Universal, de Antonio Guevara Espinoza; Matemáticas, de Rubén Romero Méndez; Zoología y Botánica, y Física  de Juan Tauro del Pino; Educación Familiar, de Irene Silva de Santolalla; Geografía, Educación Cívica... que había heredado de mis hemanas.

En esta casa terminé de leer los 24 tomos de la Colección de Naricita, y ya empezaba por una segunda vuelta :)

En resumen, este ambiente tenía todo el estilo de papá ;)




Desde mi pequeño estudio se podía ver la terraza de este segundo piso.




Y de esta terraza accedíamos a los dormitorios de mis hermanas mayores y los menores.




Vista del cuarto de mis hermanas, puerta derecha; y fondo las escaleras a las cuales se llegaba pasando por mi pequeño estudio.




La puerta del dormitorio de mis hermanos menores y la terraza donde tomábamos el Sol radiante. Aquí me encantaba pasar el tiempo entre mis lecturas favoritas: Las aventuras de Naricita. Ya había leído también mis otros libros que tenía en el escritorio.

Aquí fui tomando conciencia de que Santiago de Chuco era la tierra natal de mi madre, y que aquí teníamos mucha familia Pereda. Estaban los hermanos de mi abuelo Santiago Pereda: Víctor, Julio, Máximo, Mercedes, Eloísa, Evita... Estaba mi tío Carlos, hermano de mi madre, con mi tía Consuelo y sus cinco hijos... Mi tía Hilda Felipe Marcelo, prima hermana de mi madre, con su esposo, mi tío Gustavo Escobedo y en ese tiempo sus 5 hijos, mis primos: Gladys, Delia, Nancy, Hilda y César.

Poco a poco nos fuimos acercando mutuamente, pues mi querido padre no era muy amistoso con ellos que digamos, vaya a saber por qué. Es más, los visitábamos sólo cuando papá salía de viaje. Así fue que también conocimos a la maravillosa familia Vejarano de mi querida tía Consuelo, su madre Domitila y su hermana Bertila; quienes eran muy cariñosas, atentas, educadas, tenían la particularidad de decirnos: "Velay niña... velay niño..." Mi tía Domitila me hacía recordar mucho a mi abuelita Zaroma... ¿Cómo no recordarlas con cariño? La panadería de ellas también era exquisita.




Vista del patio desde la terraza del segundo piso.

A medida que nosotros íbamos creciendo, las ocupaciones de mi madre también aumentaban, ya no le quedaba mucho tiempo para su pasatiempo favorito, la lectura. Entonces optó por escuchar historias a través de la radio, tal como se hace hoy en día cuando se compran los libros en audios para escucharlos. Así supe de la existencia de estas radionovelas que de vez en cuando yo escuchaba de pasadita... Me asombraba escuchar esas voces que dramatizaban de qué manera tan real, era para admirar: Amparo Garrido, Rosario Muñoz Ledo, Arturo de Córdova, Guillermo Portillo y otros.




Lo grandioso de vivir en esta nueva casa, era que estábamos muy cerca del río Patarata. Bajando por la calle Tomás Ganoza dábamos directamente a la carretera que va a Calipuy, a la cueva de Huashgón, y principalmente... a estas bellísisimas cuevas del río Patarata...




Estas maravillosas cuevas se convirtieron muy pronto en nuestro codiciado y amado escenario de juegos. 

Aquí jugábamos con mi hermana Edith a las escondidas o al "ampay"; a la pega-pega o pesca; a las comadres, designándonos los ambientes de sala, comedor, cocina y dormitorios en las mismas cuevas que manteníamos limpias... Y cuando jugábamos con la muchachada organizábamos expediciones en busca de restos de los hombres primitivos, de las momias pre-incas y tesoros incaicos... Empezábamos nuestra expedición en estas hermosas y sugestivas cuevas para terminar en las de Chiminiga o Huashgón, encontrando de verdad alguna telita antigua que soñábamos con venderla a millones en un museo de Trujillo. 

O simplemente jugábamos a coleccionar las mejores piedras, semillas, ramas, hojas... 
¡En este tiempo hice el mejor de mis herbarios!

O simplemente jugábamos a cantar nuestras canciones escolares...

Mambrú se fue a la guerra, 
¡qué dolor, qué dolor, qué pena!. 
Mambrú se fue a la guerra, 
no sé cuando vendrá. 
Do-re-mi, do-re-fa, 
no sé cuando vendrá. 

Si vendrá por la Pascua, 
¡qué dolor, qué dolor, qué guasa! 
si vendrá por la Pascua, 
o por la Trinidad. 
Do-re-mi, do-re-fa, 
o por la Trinidad... 




Y por las noches... meditaba profundamente en aquellos parajes donde vivían los hombres de barba y cabello largo que no conocían el fuego... y en aquellos niños de Suruvara que no conocían la luz... Entonces me sentía volar por los espacios infinitos en busca del Ser Divino para que diera respuesta a mis preguntas... Y aparecía el lado oscuro de la Luna iluminándonos el rostro...

Sin duda alguna nosotros fuimos muy afortunados al tener todo este campo a nuestra entera disposición y satisfacción. Entonces, ¿cómo no iba a amar hasta morir a esta tierra mágica y pródiga?




Por este tiempo mi padre también se compró una moderna grabadora de cinta magnética Philips, era su juguete más preciado. Con ella empezó a grabar nuestras voces... incluso la de los más pequeños... A mi hermana Edith la grabó cantando "Toma mi corazón" del Gran Trío... A mí me grabó cantando El chacachá del tren:

A Lisboa en tren de lujo yo viajaba
y a mi lado muy galante un portugués
al momento un gran amor me declaraba
con mayor velocidad
que nos llevaba aquel exprés.

Al compás del chacachá
del chacachá del tren:
¡qué gusto da viajar
cuando se va en (exprés)!
Pues parece que el amor
con su dulzón vaivén
produce mais calor
que el chacachá del tren...




Luego me grabó recitando el famoso poema de su paisano Dante Nava, "Orgullo Aymara", el cual me gustaba mucho, y mucho más aún, recitarlo:

Soy un indio fornido, de treinta años de acero
forjado sobre el yunque de la meseta andina
con los martillos fúlgidos del relámpago herrero,
y en la del sol entraña de su fragua divina.

El lago Titicaca templó mi cuerpo fiero.
en los pañales tibios de su agua cristalina,
me amamantó la ubre de un torvo ventisquero;
y fue mi cuna blanda la mas pétrea colina.

Las montañas membrudas educaron mis músculos.
Me dio la tierra mía su roqueña cultura;
alegría las albas y murria los crepúsculos.

Cuando surja mi raza, que es la raza mas rara
nacerá el superhombre de progenie mas pura
Para que sepa el mundo lo que vale el aymara.




Y esta era la visión mágica de nuestros días desde nuestras más insólitas cuevas... 

Ahora iríamos por el cementerio a contemplar las inmensas pampas de Chaichugo a donde nosotros chicos íbamos a florecer todos los días. En Santiago de Chuco se "Florece" el primero de Mayo, pero nosotros íbamos a florecer todos los días a esas pampas de Chaichugo. Íbamos a hacer volar nuestras cometas, a recoger flores silvestres, a conocer las más variadas mariposas, escarbajos, tarántulas, saltamontes, y demás habitantes de aquella zona donde abundaban las famosas florecillas "No me olvides", que nos tirábamos al pecho diciéndonos: "Para que no me olvides"... y éstas se quedaban pegadas en nuestras chompas, adornándolas. Con esta bella decoración en el pecho regresábamos orgullosos y contentos al hogar. 

El "Florecer" fue una de las primeras fiestas que nos prodigó Santiago de Chuco al llegar, justo es en el cumpleaños de mi hermana Mery. Mis padres hacían todos los preparativos desde el día anterior pues había que salir muy de madrugada a caminar por los campos, bosques, ríos, cerros; llevando el fiambre, las bebidas, mantas, linternas, libros... Éramos distintos grupos que salíamos de Santiago a diferentes partes de la región, pero todos salíamos a florecer... Se había terminado la época de lluvias, ahora los campos reverdecían, se vestían de flores, mariposas y pájaros cantores. Había que recibir la Primavera pródiga en colores y aromas, había que recibir el rocío perlado en nuestras frentes... esperando ver en la aurora el Lucero del Alba que sólo ese día lucía su traje de estrellas como si fueran cometas, y quien lo veía recibiría una gran bendición para cumplir su más preciado sueño. Todos queríamos ver aquel famoso Lucero del amanecer. En este día no faltaba un trovador que recitara con mucho sentimiento un poema de César Abraham Vallejo o de José Santos Chocano... A todos nos gustaba ir a florecer... Nos gustaba el choclo caliente, la papa cocida en el horno de la tierra, la comida fresca, el capulí, el sabor de las cañas de mayo del lugar...




Idilio Muerto

Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita
de junco y capulí;
ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita
la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita
planchaban en las tardes blancuras por venir;
ahora, en esta lluvia que me quita
las ganas de vivir.

Qué será de su falda de franela; de sus
afanes; de su andar;
de su sabor a cañas de mayo del lugar.

Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje,
y al fin dirá temblando: «Qué frío hay... Jesús!»
y llorará en las tejas un pájaro salvaje. 




Desde este mirador se puede contemplar a lo lejos el pequeño pueblo de Chuca. Recuerdo que una vez fui allí con mi querido padre para una celebración. En aquella ocasión, mientras mi padre estaba ocupado en sus actos oficiales, yo deambulaba por aquellas callecitas del pueblo hasta que llegué a la iglesia de su Plaza principal. Por supuesto que entré, y... dentro... encontré nada más ni nada menos que a nuestro querido sacerdote Antonio Nicolau Truyol oficiando la misa. Y también, por supuesto que me quedé... y no sólo eso, sino que también comulgué... Por primera vez en mi vida había tomado la bendita hostia. Como mi padre era escéptico en materia de religión nunca consintió que yo recibiera la primera comunión, lo cual me ponía en desventaja con mis compañeras de estudio y me daba vergüenza hablar sobre el tema. Pero aquella vez, cuando el cura llamó a los feligreses a tomar la hostia, yo fui a recibirla de inmediato como si ya me hubiera confesado y tuviera experiencia en el asunto. Ya en Santiago, este hecho no me dejó en paz durante varios días, por lo que tuve que confesarme al párroco del pecado que había cometido, sin saber que esa sería la primera y única confesión de mi vida ante un sacerdote. Nuestro querido amigo ni siquiera se inmutó, más bien dijo sonriente que yo ya había hecho mi primera comunión cuando recibí aquella primera hostia... Así fue que hice mi primera comunión aquel día, en aquella iglesia, en aquel pueblito vecino... Aun cuando fue una simple ceremonia, una misa del común, sin el traje ni peinado adecuados, sin la presencia de los seres queridos y sin haberme dado cuenta... yo había cumplido uno de mis más preciados sueños de niña...




El camino que va al cementerio también es ahora una alameda con motivos festivos. Allí están los Pallos, las Kiyayas de la fiesta patronal de Santiago en el mes de Julio. Allí está el cementerio con su puerta abierta pero no entramos...




Aquí está el Apóstol Santiago hermosamente ataviado en su caballo blanco, tal como solía aparecer en el cerro Huacapongo según sus leyendas... 

Luego, nos dispusimos, mi madre y yo, a visitar por supuesto la hermosa casa de nuestro querido César Abraham Vallejo Mendoza, para recordarlo y recitar aquellos bellos poemas que nos calaron muy hondo el alma... 




Esta es la casa de inmortal poeta ubicada en la calle que lleva su mismo nombre: César Vallejo. Hoy es una casa museo dedicada a nuestro insigne poeta, afortunadamente se encuentra en buen estado de conservación (¡Ay, si así se conservaran todas las casas de Santiago!...); mas, desafortunamente el día que allí fuimos no había luz en su casa, en la Casa de Vallejo... Si las fotos de los cuartos salen oscuras es por este detalle :) La empresa de luz había cortado el suministro por incumplimiento de pago, se debían ya tres meses...




Espergesia

Yo nací un día 
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo, 
que soy malo; y no saben
del Diciembre de ese Enero.

Yo nací un día 
que Dios estuvo enfermo. 

Todos saben que vivo, 
que soy malo; y no saben 
del diciembre de ese enero. 
Pues yo nací un día 
que Dios estuvo enfermo. 

Hay un vacío 
en mi aire metafísico 
que nadie ha de palpar: 
el claustro de un silencio 
que habló a flor de fuego. 

Yo nací un día 
que Dios estuvo enfermo. 

Hermano, escucha, escucha... 
Bueno. Y que no me vaya 
sin llevar diciembres, 
sin dejar eneros. 

Pues yo nací un día 
que Dios estuvo enfermo. 

Todos saben que vivo, 
que mastico... y no saben 
por qué en mi verso chirrían, 
oscuro sinsabor de ferétro, 
luyidos vientos 
desenroscados de la Esfinge 
preguntona del Desierto. 

Todos saben... Y no saben 
que la Luz es tísica, 
y la Sombra gorda... 
Y no saben que el misterio sintetiza... 
que él es la joroba 
musical y triste que a distancia denuncia 
el paso meridiano de las lindes a las Lindes. 




Dios

Siento a Dios que camina
tan en mí, con la tarde y con el mar. 
Con él nos vamos juntos. Anochece.
Con él anochecemos. Orfandad...

Pero yo siento a Dios. Y hasta parece 
que él me dicta no sé qué buen color. 
Como un hospitalario, es bueno y triste;
mustia un dulce desdén de enamorado:
debe dolerle mucho el corazón.

Oh, Dios mío, recién a ti me llego,
hoy que amo tanto en esta tarde; hoy
que en la falsa balanza de unos senos,
mido y lloro una frágil Creación.

Y tú, cuál llorarás... tú, enamorado
de tanto enorme seno girador... 
Yo te consagro Dios, porque amas tanto;
porque jamás sonríes; porque siempre
debe dolerte mucho el corazón.




Los pasos lejanos

Mi padre duerme. Su semblante augusto
figura un apacible corazón;
está ahora tan dulce…;
si hay algo en él de amargo, seré yo.

Hay soledad en el hogar; se reza;
y no hay noticias de los hijos hoy.
Mi padre se despierta, ausculta
la huída a Egipto, el restañante adiós.
Está ahora tan cerca;
si hay algo en él de lejos, seré yo.

Y mi madre pasea allá en los huertos,
saboreando un sabor ya sin sabor.
Está ahora tan suave,
tan ala, tan salida, tan amor.

Hay soledad en el hogar sin bulla,
sin noticias, sin verde, sin niñez.
Y si hay algo quebrado en esta tarde,
y que baja y que cruje,
son dos viejos caminos blancos, curvos.
Por ellos va mi corazón a pie.




A mi hermano Miguel

Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa,
¡donde nos haces una falta sin fondo!
Me acuerdo que jugábamos esta hora, y que mamá
nos acariciaba: "Pero, hijos...".

Ahora yo me escondo,
como antes, todas estas oraciones
vespertinas, y espero que tú no des conmigo.
Por la sala, el zaguán, los corredores,
después, te ocultas tú, y yo no doy contigo.
Me acuerdo que nos hacíamos llorar,
hermano, en aquel juego.

Miguel, tú te escondiste
una noche de agosto, al alborear;
pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste.
Y tu gemelo corazón de esas tardes
extintas se ha aburrido de no encontrarte. Y ya
cae sombra en el alma.

Oye, hermano, no tardes en salir. 
Bueno... Puede inquietarse mamá.




III

Las personas mayores
¿a qué hora volverán?
Da las seis el ciego Santiago,
y ya está muy oscuro
Madre dijo que no demoraría.

Aguedita, Nativa, Miguel,
cuidado con ir por ahí, por donde
acaban de pasar gangueando sus memorias
dobladoras penas,
hacia el silencioso corral, y por donde
las gallinas que se están acostando todavía,
se han espantado tanto.
Mejor estemos aquí no más.
Madre dijo que no demoraría.

Ya no tengamos pena. Vamos viendo
los barcos ¡el mío es más bonito de todos!
con los cuales jugamos todo el santo día,
sin pelearnos, como debe de ser:
han quedado en el pozo de agua, listos,
fletados de dulces para mañana.

Aguardemos así, obedientes y sin más
remedio, la vuelta, el desagravio
de los mayores siempre delanteros
dejándonos en casa a los pequeños,
como si también nosotros
no pudiésemos partir.

Aguedita, Nativa, Miguel?
Llamo, busco al tanteo en la oscuridad.
No me vayan a haber dejado solo,
y el único recluso sea yo. 




XXVIII

He almorzado solo ahora, y no he tenido
madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua,
ni padre que, en el facundo ofertorio
de los choclos, pregunte para su tardanza
de imagen, por los broches mayores del sonido.

Cómo iba yo a almorzar. Cómo me iba a servir
de tales platos distantes esas cosas,
cuando habráse quebrado el propio hogar,
cuando no asoma ni madre a los labios.
Cómo iba yo a almorzar nonada.

A la mesa de un buen amigo he almorzado
con su padre recién llegado del mundo,
con sus canas tías que hablan
en tordillo retinte de porcelana,
bisbiseando por todos sus viudos alvéolos;
y con cubiertos francos de alegres tiroriros,
porque estánse en su casa. Así, ¡qué gracia!
Y me han dolido los cuchillos
de esta mesa en todo el paladar.

El yantar de estas mesas así, en que se prueba
amor ajeno en vez del propio amor,
torna tierra el brocado que no brinda la MADRE,
hace golpe la dura deglución; el dulce,
hiel; aceite funéreo, el café.

Cuando ya se ha quebrado el propio hogar,
y el sírvete materno no sale de la tumba,
la cocina a oscuras, la miseria de amor. 





LVI

Todos los días amanezco a ciegas
a trabajar para vivir; y tomo el desayuno,
sin probar ni gota de él, todas las mañanas.
Sin saber si he logrado, o más nunca,
algo que brinca del sabor
o es sólo corazón y que ya vuelto, lamentará
hasta dónde esto es lo menos.

El niño crecería ahito de felicidad
oh albas,
ante el pesar de los padres de no poder dejarnos
de arrancar de sus sueños de amor a este mundo;
ante ellos que, como Dios, de tanto amor
se comprendieron hasta creadores
y nos quisieron hasta hacernos daño.

Flecos de invisible trama,
dientes que huronean desde la neutra emoción,
pilares
libres de base y coronación,
en la gran boca que ha perdido el habla. 

Fósforo y fósforo en la oscuridad,
lágrima y lágrima en la polvareda. 




LXV

Madre, me voy mañana a Santiago,
a mojarme en tu bendición y en tu llanto.
Acomodando estoy mis desengaños y el rosado
de llaga de mis falsos trajines.

      Me esperará tu arco de asombro,
las tonsuradas columnas de tus ansias
que se acaban la vida. Me esperará el patio,
el corredor de abajo con sus tondos y repulgos
de fiesta. Me esperará mi sillón ayo,
aquel buen quijarudo trasto de dinástico
cuero, que para no más rezongando a las nalgas
tataranietas, de correa a correhuela.

      Estoy cribando mis cariños más puros.
Estoy ejeando ¿no oyes jadear la sonda?
 ¿no oyes tascar dianas?
estoy plasmando tu fórmula de amor
para todos los huecos de este suelo.
Oh si se dispusieran los tácitos volantes
para todas las cintas más distantes,
para todas las citas más distintas.

      Así, muerta inmortal. Así.
Bajo los dobles arcos de tu sangre, por donde
hay que pasar tan de puntillas, que hasta mi padre
para ir por allí,
humildóse hasta menos de la mitad del hombre,
hasta ser el primer pequeño que tuviste.

      Así, muerta inmortal.
Entre la columnata de tus huesos
que no puede caer ni a lloros,
y a cuyo lado ni el destino pudo entrometer
ni un solo dedo suyo.

      Así, muerta inmortal.
Así.




Los Dados eternos

Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
¡tú no tienes Marías que se van!

Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!

Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado,
Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado.
Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte
del universo todo,
surgirán las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo.

Dios míos, y esta noche sorda, obscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.




Santiago, es otro momento de partida... otra despedida... Esta es mi ofrenda para ti, para tu gente cálida y tu divina tierra que me vio crecer... Sólo Krishna y tú saben cómo nuestra separación fue para mí un doloroso desgarramiento de tus entrañas... en el que creí morir de pena...

Pero ahora he vuelto para ofrendarme a ti y al Señor Supremo, para agradecerles lanzando al firmamento estas vivencias de las que tú fuiste protagonista principal, sin tu escenario... ninguna belleza mágica hubiera acontecido... Gracias también a mis queridos padres por haberme otorgado tan maravillosa infancia...



11 comentarios:

  1. QUE BUENA ES COMO VIAJAR POR EL TIEMPO RECORDAR AQUELLOS QUE NACIMOS EN ESA HERMOSA PROVINCIA , ESOS RECUERDOS ESAS FOTOS RECONFORTAN EL ALMA Y HACE VIVIR EL PASADO DE ALGUNOS PAISANOS QUE TUVIERON LA DICHA DE CONOCER Y QUE DEJAN UN MENSAJE AL FUTURO.
    JUAN MIÑANO VELEZMORO

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    1. Buenos días mi estimado Juan. Muchas gracias por visitar mi blog. Me da mucho gusto saber que compartimos nuestro pueblo, nuestro hogar... Sólo intento registrar parte de mi vida llena de agradecimiento a estos queridos pueblos y sus habitantes.

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  2. Nuestras mas sinceras felicitaciones, Sra ....Abarca Pereda, por tan interesante y bonito relato, referente posiblemente, a la etapa dorada de nuestro adorado pueblo de Santiago de Chuco.
    Sin embargo, con espiritu constructivo, nos gustaría precisar dos cositas:
    1.- Este preciado documento alcanzaría la belleza suprema, si se mencionaría las calles tal como se llamaban en la década de los 60, como por ejemplo la calle hoy llamada Trilce, en ese entonces de llamaba Mariano Melgar, hasta que un "iluminado" decidió cambiarlo hasta que hoy algunos nombres de las calles no caben en el DNI.
    2.- A la vista de leer este preciado documento, comprobamos su cercanía a la cultura Indú y todas sus implicaciones, pero que sin ser unos expertos, creemos que se caracteriza por el Amor que se profesa hacia el prójimo, por lo que no nos explicamos, porque No se Acuerda del Nombre de su Empleada, cuando de los demás nombres de su entorno se acuerda y lo menciona perfectamente, No queremos pensar que por Ud pase sentimientos de superioridad hacia esta persona, sin duda trabajadora y leal con vosotros.

    Nada mas, reiteramos no es nuestra intención, la crítica ácida, mas bien le invitamos a colaborar con nosotros, asfogon@gmail.com

    Saludos y mucha buena energía para Ud.

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    1. Muchas gracias mi estimad@ por su visita y sus aportes.
      Efectivamente, he escuchado a varios coterráneos decir que aquella fue la época dorada de nuestro Santiago querido.
      Respecto a su primer punto, le doy toda la razón. Yo creo que el "iluminado" se pasó de la raya. "Los nueve monstruos", por ejemplo. Los cambios, cualquier cambio debe estar sujeto a un consenso general, a una planificación arquitectónica; donde participen no sólo la municipalidad, sino también el ministerio de cultura, intelectuales, académicos y otros que resguarden este patrimonio de acuerdo a cánones de la belleza, historia, sentido común...
      Respecto a su segundo punto. Es verdad mi cercanía a la cultura védica de la India antigua, y también le doy razón en mi lapsus respecto al nombre de nuestra querida Carmen Julia, fue una falta de mi parte. Pido disculpas a mis lectores. Gracias.

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  3. Hermosas vivencias por Santiago de Chuco, soy primo de Rosa Esquivel, y amigo de Maido Vásquez de mi promoción del Colegio César Vallejo.
    Mi padre, Diómedes Esquivel Campos que vivía en la Plaza de Armas tomó la foto de tus compañeras en la pileta de la Plaza de armas y también la foto donde está tu hermana Mery en un cumpleaños de mi prima Chacha (Carmen Sifuentes). Felicitaciones por tan bellos recuerdos de los paisajes de Santiago de Chuco y me imagino es inspiración para tus diseños arquitectónicos. Recuerdos de tus padres que nunca se olvidarán y muchos éxitos en el lugar donde te encuentres.
    Soy ingeniero químico y trabajo en la Universidad Nacional de Trujillo por más de 40 años y que grato saber que recuerdas cada lugar, cada vecino, cada compañera de estudios y cada vivencia que pasaste en tu época estudiantil. Tu hermana Mery debe tener recuerdos de las fotos que tomó mi padre cuando ella salió reina del Colegio César v Vallejo que lo recuerdo y también cuando salió de manola y desfilar antes de la corrida de toros.
    Muy elegante tu pluma florida y muchos saludos a tu respetada familia

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    1. OMG!!! Qué grato mensaje me ha enviado mi estimado. Muchas gracias por su visita a mi blog y por sus palabras. Estoy muy agradecida de conocer que su querido padre, el señor Diómedes Esquivel tomó las fotos; él, su padre, debe tener un gran archivo de fotos del recuerdo. Nada sería más grato que participar de tal fuente valiosa.
      Sí, mi hermana Mery fue reina del colegio César Vallejo y fue manola en una de las fiestas patronales de Santiago; por lo que le agradezco encarecidamente que usted nos recuerde. Yo también los he recordado a todos siempre, aun cuando no los mencionara en este blog... Mi amor por Santiago y sus moradores es mi amor por el hogar de mi infancia, bello cimiento de mi vida.
      Ahora, estoy plasmando todas estas vivencias en un libro autobiográfico, que tendré el gusto de compartir con los interesados.
      Mis saludos para ud, para su familia, para sus primas Rosita y Teresa Esquivel. En realidad, saludos y abrazos para todos.

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    2. En realidad, mi libro empezó como un escrito autobiográfico y terminó siendo una novela basada en hechos reales.

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  4. No recuerdo tu nombre estimada arquitecta Abarca Pereda y en mi comentario previo te admiro por tu actualidad de todo lo vivido: sus casas, sus paisajes, sus paseos, sus amigos, sus platos típicos, sus costumbres recreativas, sus cerros, sus carreteras, sus colegios, sus climas, sus pasos en cada excursión, sus lugares visitados, sus formas de estudiar, sus canciones aprendidas, sus ríos, sus amigos sentimentales, sus costumbres, sus hermanos, sus lugares donde transcurrió su vida, sus familiares: abuelos, tíos, primos, sus patios, sus cocinas, su gastronomía, sus zonas de juego, su sala , sus jardines y en fin todo lo que se tiene en la memoria acerca del paso por este mundo. Por ello mis felicitaciones reiteradas y que Dios te conserven bien junto a tu familia y te cuiden asimismo La Virgen de Alta Gracia de Huamachuco donde viviste algunos años y el Apóstol Santiago El Mayor que me imagino hizo el milagro de mantenerlos unidos como familia. Mi nombre es Carlos Antonio Esquivel Flores y al igual que tú sigo admirando la belleza del lugar donde también nació el poeta universal César A. Vallejo Mendoza que hoy sigue vigente con sus mensaje a través de su poema: Los nueve monstruos y como dices estamos obligados como santiaguino a conocer y recitar por lo menos dos poemas de Vallejo. Otros poemas que me agradan son:
    Masa, Terceto Autóctono, Los Heraldos Negros, El pan Nuestro y A mi Hermano Miguel.

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    1. Muchas gracias mi estimado Carlos Antonio Esquivel Flores. Mi nombre es Gladys Aída Abarca Pereda, soy la tercera de los hermanos Abarca Pereda.
      Le agradezco mucho por su visita a mi blog y por su apreciación; lo que me motiva a seguir escribiendo, y esta vez en la forma de un libro que pronto estaré compartiéndoles.
      Le deseo muchos éxitos en su vida y un saludo fraterno a toda su familia personal y a toda nuestra gran familia santiaguina.

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  5. Reiteradas felicitaciones por todo lo escrito con una pluma ágil de tu parte mi estimada arquitecta, cuyo nombre no te recuerdo; pero que interesantes haber plasmado el transcurrir de tu vida mencionando paisajes, casas, lugares visitados, ríos, cerros escalados, casas donde viviste, calles recorridas, patios, salas, dormitorios, corredores, escalones, cocinas, lugares de recreo, juegos practicados, amigos que tuviste, tiendas que recorriste, amigos sentimentales, compañeras de estudios, gastronomía que apreciaste, santos que adoraste, plazas que disfrutaste, anécdotas que pasaste, climas que disfrutaste, familiares a quienes quisiste: abuelos, tíos, tías, primos, frutas que degustaste, aves cuyo trinar admiraste, sembríos que observaste, colores de las flores de tus jardines y que todo sirve de inspiración para tus diseños arquitectónicos me imagino. Por tan importante forma de actualizar tu peregrinaje me permito saludar a toda tu familia y que Dios te conservbe bien de salud, lo mismo que te cuiden la Virgen de Alta Gracia de Huamachuco, lugar donde viviste tos primeros ños y el Apóstol Santigo el Mayor que imagino hizo el milagro patra que se mantuvieran juntos como familia respetada.
    Muy bién por mencionar los poemas de nuestro vate universal César Vallejo y como dices todo buen santiaguino debe saber y declamar por lo Autóctono, A mi Hermano Miguel, El Pan Nuestro, Los Heraldos Negros y Los Nueve Monstruos, que en los tiempos actuales está más que vigente y nos sigue prestigiando en el mundo.
    Sigue escribiendo que es una manera de recordar nuestro paso por este mundo. Felicidades y mucha suerte.

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